De Humanis Corpori Combustio
Desde
la antigüedad se conoce la existencia de cierto tipo de materiales, llamados
combustibles, que, ante una fuente de energía lo suficientemente intensa y
duradera, ayudados por otras sustancias, conocidas como comburentes (siendo el
oxigeno el más común en nuestro mundo), pasan al estado de ignición con
relativa facilidad.
Con
seguridad el primer combustible conocido fue la leña, cuya sustancia base es la
celulosa. Probablemente, al principio en la tierra, la madera ardía en
incendios espontáneos aquí y allá, bajo la energía que se desprendía de las
erupciones volcánicas o, en determinadas circunstancias, del propio Sol.
Después El Hombre descubrió la forma de hacer fuego y, por tanto, su capacidad
para quemar cosas, animales y personas a voluntad. A propósito de esto, ya
entonces se percatarían de que el cuerpo humano no solo no es un buen
combustible, sino que resulta muy difícil incinerarlo. Por la simple acción del
fuego no se consigue más que soasar, tostar, carbonizar; como debieron
comprobar desde Nerón a la Santa Inquisición, pasando por los vikingos, los
indios americanos, los hindúes y los bonzos; igual que termina comprobándolo,
con desesperación, ni ayudándose de los materiales inflamables más diversos,
cualquier asesino que haya intentado deshacerse de su victima por este método.
Hoy sabemos, gracias a los hornos crematorios, que son necesarios de unos 760º
C a 1100º C durante cuatro o más horas y, a pesar de todo, pueden quedar
fragmentos de hueso, que hay que proceder a triturar, para darles a la familia
unas cenizas homogéneas y presentables. Aun así, en los últimos tres siglos, se
han reportado algunos casos, que un buen número de personas cree verídicos,
sobre el controvertido tema de la combustión espontánea. Es sabido que
la materia orgánica, bajo determinadas condiciones; como sucede a menudo en los
vertederos, puede experimentar dicho fenómeno al igual que se sabe que no todos
los incendios forestales son provocados. Pero de eso a creer que un señor
sentado en su casa leyendo tranquilamente el periódico, puede sin más comenzar
a arder y convertirse en unas horas en un cadáver calcinado...
El
profesor Wilton Krogman, un renombrado forense experto en osteología, zanjó el
asunto en 1966: “simplemente esto es imposible”.
Señores
míos: Que no, que uno no se quema nada más que porque sí; que lo del “burnout”
será muy valido en el mundo anglosajón;
tal vez ellos consideren que uno puede “auto quemarse” por el
conflicto cuasiexistencial que sufre su mente, al verse sometido a una presión
cada vez mayor, debido a la responsabilidad contractual adquirida con el
paciente y, últimamente, con una Administración cada vez más entrometida, pero
este fenómeno no puede extrapolarse sin más a nuestro entorno laboral.
No
es correcto colgar la etiqueta de “quemado” al que se rebela, aunque
solo sea con su actitud y su discurso, con temple de objetor de conciencia;
conciencia de que nos debemos al asegurado y a una prestación de calidad, y de
asalariado acosado (“mobbing”); acosado por una administración falaz,
perversa, alienante, y una permanentemente acrecentada población cada vez más
medicalizada, exigente, envejecida, resabiada y frustrada ante la mentira de lo
que se le promete previo a las urnas; y se sigue prometiendo cuando conviene
políticamente, y la dura realidad.
Seguir,
con tenacidad fundamentalista, en el empeño de ofrecer el mejor servicio al
asegurado, sin dejar de cumplir con las absurdas, contra-científicas y
anti-deontológicas exigencias de La Administración, como si aquí no pasara
nada, sí que puede conducir a un auténtico “desgaste” (dándose aquí la
paradoja de una institución a la que aparentemente le importa mucho la salud de
la población menos la de sus propios empleados) que a la larga no beneficia a
nadie.
Tenemos que ser conscientes de que la prioridad
fundamental en el momento actual es mejorar nuestra situación laboral; si
nosotros estamos mal, tampoco podremos hacer mucho por nuestros pacientes. La
solución no nos la va a regalar nadie: hay que pelearla. Debemos cumplir con
nuestra estricta labor profesional en beneficio del paciente, que al fin y al
cabo es para lo que se nos ha formado y lo que éste espera de nosotros. Todas
las demás exigencias de La Administración, que solo tienen la finalidad de
justificar su pletórica existencia, así como sesiones, estadísticas, etc.,
deberían obviarse y dedicar todo nuestro “tiempo libre” a asambleas para aportar
ideas y planificar acciones, hasta comenzar a experimentar mejoras.
Como,
estando solos, no se pude llevar a cabo nada, las acciones deberían canalizarse
a través de instituciones como la Plataforma Diez Minutos o La Coordinadora de
Equipos de Atención Primaria (que no parece que sean solo un grupo de “quemados”
sin otras cosas que hacer), dado que de los sindicatos mayoritarios parece que
no podemos esperar grandes cosas.
Los
que penséis que no merece la pena hacer nada, que es mejor dejar las cosas como
están, que seguramente se termina arreglando todo solo, que tampoco estamos tan
mal... Creo que tenéis un problema peor que el del “quemado”: el del “incombustible”.
Me pregunto ¿cuánto ataque a sus derechos fundamentales necesitan sufrir ciertas
personas para que tomen conciencia de la necesidad de defenderse?
Compañero que eres sensible a la problemática de la
sanidad, que te quema, contra la que te revelas o, para tu desgracia, ante la
que sucumbes, no te dejes convencer de que estás quemado: lo que estás es vivo.
Conclusión:
uno no se quema solo; hace falta que algo o alguien te queme. |