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10 octubre, 2014

¿Mañana en la consulta el Ébola?

   Como médico de atención primaria con puesto de trabajo en un centro de salud de Alcorcón, permítaseme publicar algunas reflexiones al respecto, probablemente nada originales porque estoy seguro de que lo que paso a exponer está en la mente de todos.

1º Las autoridades sanitarias gubernamentales y comunitarias en los dias siguientes a la declaración del primer caso de la enfermedad contraido en España, con su actitud informativa hermética y contradictoria, cuando no tendenciosa y engañosa, han contribuido a crear un clima de inseguridad en la población al cual los sanitarios, por nuestro mayor nivel de conocimientos, somos aun más sensibles.

2º Debido a lo anterior y a las circunstancias adversas hemos de deducir que ese primer caso diagnosticado puede haber estado llevando una "vida normal" ya enferma, moviendose de aqui para allá y permaneciendo aquí y acullá alrededor de una semana, periodo durante el que cabe cierto riesgo de haber transmitido la enfermedad a un numero indeterminado de personas. La mayor parte de éstas parece que han sido identificadas y se encuentran bajo vigilancia, e incluso algunas permanecen ingresadas en el Instituto Carlos III. No se descarta que, al haberse modificado los niveles de seguridad; y probablemente se sigan modificando en adelante, el numero de ingresados bajo control se incremente.

3º Estas últimas medidas probablemente; ojalá sea así, van a contribuir a reducir el riesgo de que la enfermedad cobre caracteres de epidemia. Pero debido a las dudas generadas, como antes apuntaba, pueden haber quedado contactos potencialmente convertibles a enfermos sin identificar y sin vigilancia, con lo que el nivel de incertidumbre, solo por este hecho, aumenta y las medidas cautelares a tomar inevitablemnete se tienen que incrementar en intensidad y tiempo de aplicación, digan lo que digan unos protocolos que de momento se han demostrado tan poco eficaces y tan volubles.

4º Creo pues que el personal sanitario en mis circunstancias; PUESTO DE TRABAJO EN UN CENTRO DE ATENCIÖN PRIMARIA EN ALCORCÖN, debe de considerar como posible caso a todo individuo que acuda a solicitar asistencia, en un periodo que puede comprender los próximos dos meses, con sintomas que hagan sospechar enfermedad infecciosa sin foco bien establecido (postración, cefalea, tos, vómitos, diarrea, sangrado, erupciones cutaneas, etc. con o sin fiebre y máximo si presenta varios de los síntomas enumerados al mismo tiempo).
   En estos casos, "manteniendo las distancias" y con mucho tacto, dentro de la anamnesis de rigor, preguntaremos al paciente si cabe la posibilidad de que haya tenido contacto con personas de las que están ingresadas o sometidas a vigilancia o si ha tenido contacto con alguien enfermo de posible enfermedad infecciosa. Si tras estos primeros pasos nos surge una duda razonable; siguiendo las instrucciones que se nos han dado, dejaremos al paciente provisionalmente aislado y contactaremos con el 061 para recibir la orientación pertinente.
   Soy consciente de que en la epoca en que estámos, con el incremento estacional de catarros, enfriamientos y viriasis en general, puede verse entorpecido el desarrollo de nuestras actividades asistenciales normales, pero mi sentido común me dice que es mejor ese pequeño mal que la posible alternativa de llenar los incineradores con nuevos casos de Ébola.

5º No creo que esté siendo alarmista, sigue siendo el sentido común el que me advierte sobre una enfermedad acerca de la que poco sabemos aparte de que se muestra con un relativo alto grado de transmisibilidad y que es potencialmente letal en un elevado porcentaje de casos. Si esto no resulta suficiente para extremar la cautela....
   Tampoco me mueve ningún miedo personal; asumo mis riesgos profesionales con todo el sentido ético y altruista de que soy capaz. Precisamente ese altruismo es el que nos debe de hacer pensar en la importancia de poner todos los medios para que no adquiramos la enfermedad nosostros mismos; con ello contribuiremos a cortar la cadena epidemiológica y conservaremos a un sanitario en activo.
   Todo ello no quita que procuremos impedir toda actitud que contribuya a sembrar el pánico en la población, y si mantener un comportamiento que transmita serenidad y seguridad

   Ojalá que todo lo que aquí he dicho sea en vano.

 Alfredo Falcó Sales, 2014

02 agosto, 2013

Hoy en la consulta... VII. El sabor del tomate

  Estos días la consulta es la mar de átipica; todo está condicionado por las vacaciones de verano. A diario cumplimento ingentes cantidades  de cupones descuento (las mal denominadas recetas para los que todavia no se quieren dar por enterados) tanto mios como de los compañeros que se encuentran disfrutando de su permiso reglamentario anual.

   Muchos pacientes ya han experimentado las innumerables trabas que les ponen en otras comunidades si por descuido se ven forzados a conseguir los medicamentos en su destino estival, y se afanan en hacer holgado acopio de los mismos antes de partir.

   No hay presupuesto para contratar suplentes que cubran todas las ausencias, de modo que a diario se reparten los pacientes que acuden a esas consultas entre los presentes. En estas circunstancias el numero de citas de cada uno de estos días es similar al resto del año, con la peculiaridad de que vemos muchos pacientes "nuevos" para nosotros y nos vemos obligados a realizar un rápido, pero intenso repaso a su historial para ponernos al corriente frente a sus demandas.

   Como "cada maestrillo tiene su librillo" no es infrecuente que no entiendas nada de lo que alli encuentras, ni por qué el paciente tiene tal o cual tratamiento o por qué esta patología está bajo seguimiento del especialista y sin embargo esta otra no, etc. El paciente, lejos de aclararte nada, aprovecha el encontrarse ante un médico diferente del suyo habitual, para hacerte "la cata" y consultar acerca de esas dolencias nunca resueltas, con lo cual lo que iban a ser solo unas recetas o el resultado de una analítica se complica y se prolonga contribuyendo a incrementar la de por si siempre amplia demora.

   Para más inri, el celo que pones en tratar de resolver sus problemas; máxime tratándose del paciente de un colega, alguno lo confunde con "otra cosa" y al despedirse se interesa en si eres médico de plantilla, te pide tu nombre y si tienes plazas libres, con la clara intención de cambiarse contigo.

   Pues bien, esta mañana tenía más recetas que nunca, los pacientes estaban especialmente "ingeniosos", estaba de interior; turno de urgencias, y el habitual goteo de pacientes se incrementó de golpe, y se añadieron a la fiesta un par de "sintromes" con el INR fuera de rango empeñados en ser atendidos antes que nadie. El teléfono no dejaba de sonar con el cruce de lineas de cada día preguntando por una inmobiliaria, e incluso a mi movil llegó oportunamente una llamada de mi antiguo operador de telefonía reclamandome la deuda contraida con ellos —soy moroso de Movistar a mucha honra.

   Total que la mañana que había comenzado con una sala de espera en la que solo faltaba el Hilo Musical —chill out le llaman ahora— en poco más de veinte minutos se había convertido en un alborotado gallinero.

   En una de las ocasiones en que abrí a la algarabía para tratar de poner orden y llamar a otro paciente, C, al que no había visto previamente anotado en la lista, se abalanzó abriendose paso entre todos hacia la puerta con lo que me pareció la intención de liarmela aun más. Yo comencé una frase y un ademán para frenarle; me temo que no con lo mejor que puede salir de mí, cuando, por fortuna, me paró alzando hasta la vista una repleta bolsa, de la que asomaban unos pimientos de un aspecto y un verde claro deliciosos, mientras el pobre hombre decía; encima como escusandose, —solo venía a traerle esto doctor, y que pase un buen verano.

   Cogí la bolsa dedicandole una apresurada pero explicita sonrisa acompañada de un —muchas gracias C, lo disfrutaremos en casa a su salud— que probablemente no llegó a oir del todo mientras era absorbido hacia atrás de nuevo por la embravecida muchedumbre.

   No quiero pecar de ascetismo, pero soy sincero cuando expreso que el mejor pago que pudo obtener de mi trabajo es la satisfacción del paciente y la buena relación con éste; si además te la manifiesta explicitamente aun mejor. Pero también es verdad que muchos pacientes mantienen la ancestral costumbre de obsequiar a su médico con algo más que palabras y, no nos engañemos, a nadie le amarga un dulce.

   Cualquier muestra material de agradecimiento no puede por menos que ser bien recibida. Los objetos de buen gusto, a veces demasiado caros; que valoro especialmente al tiempo que me duele, sabedor que provienen de economías más que ajustadas, contrastan con los "monstruos" en los que sigue, no obstante, sobresaliendo la buena intención y les doy todo el valor solo por eso. Pero con las que en general siempre se acierta es con las viandas: quesos de oveja, conejos, pollos, carpas, barbos, espárragos trigueros, setas, jamones, vinos, dulces, etc. son parte del catálogo de las mismas, las más de las veces exquisitas, de las que he recibido generosas cantidades a lo largo de los años.

   Muchos pacientes, la mayoría ya jubilados, tienen una pequeña parcela en la que se entretienen a lo largo del año cultivando su propia huerta. Cuando llega el verano se encuentran casi siempre con una producción mayor de la esperada. Les da para el consumo propio, para hacer conservas y reparten el resto entre familiares y amigos. El médico es a menudo uno de los agraciados por esos excedentes.

   Llegué a casa, tras la nefasta jornada, con el deseo de comer ligeramente y sentarme un rato a descansar con los pies en alto frente al televisor, y dejarme arrullar por el correspondiente rollo que estuvieran emitiendo hasta conseguir echar una reparadora cabezada de media hora. Pero antes de eso di un vistazo a la bolsa de C. Era lo suficientemente fina como para que se adivinara el contenido por la forma y el color de los abultamientos que presentaba. Vi que al fondo de la misma había varios tomates.

   La vacié sobre la mesa. Los pimientos tenián un aspecto inmejorable; los imaginé bien frititos en un fino bocadillo. Los pepinos eran de esos que ya no se ven; de piel tan fina que se consumen sin pelar con solo lavarlos. Y alli estabán esos tomates del color del tomate, de piel ligeramente satinada, redonditos, densos, consistentes. Cogí uno de ellos y lo olí; olía a tomate, a hierba, a huerto...

   Ya sabía cual iba a ser mi frugal almuerzo antes de la siesta, no podía equivocarme; aquel tomate prometía saber a tomate —desgraciadamente sé que muchos no saben de que hablo.

    —Ahora sabreis lo que es un tomate de verdad —me aventuré a anunciar a "mis chicas"— Lo lavé, lo corté y apareció repleto de pulpa y jugoso. Lo partí en varios trozos irregulares; como cachelos; como a mi me gusta, y lo aderecé solo con sal. Cogí un tenedor y le hice el honor del primer bocado a mi esposa que asintió saboreandolo gustosa. El segundo trozo fue para mi hija que me miró displicentemente como diciendo "no será para tanto", para acto seguido comentar tristemente —como no se cómo sabe normalmente un tomate no se si es como éste, pero está buenísimo.

   Los que han experimentado ese placer alguna vez, tienen suficiente con que les diga que ese tomate sabía a auténtico tomate. Para los demás haré un esfuerzo en describirlo: una consistencia en boca suave de tierna pulpa, un sabor intenso y refrescante agradablemente agridulce o, mejor, dulciagrio; un retrogusto dulce, como de fruta, contrastando a través de la sal.

  Tuve que trocear otros dos más. Gracias C por alegrarme el día.



   Alfredo Falcó Sales, 2013

30 octubre, 2012

Hoy en la consulta... VI. Retrasos

   Hoy no he tenido demasiados citados. Sin embargo, al final, a lo largo de la jornada, he ido acumulando un retraso que ha terminado siendo excesivo. No es la primera vez que me sucede al confiar en que dispongo de algo más de tiempo para cada paciente, y cuando alguno o algunos de ellos presentan algún  o algunos problemas de más dificil resolución y, entretanto, se han citado algunos más inesperadamente incrementando la lista sobre la marcha. El caso es que cuando le tocaba el turno a la última paciente llevaba un retraso de más de hora y media.

   Era una mujer joven con un carrito con su bebé en el interior aparentemente, por suerte, dormido. Ha entrado muy nerviosa y, sin ni siquiera saludar, ha empezado a quejarse muy indignada de la larga espera. A pesar de que le he dado la razón ha seguido explayandose en sus quejas. Es corriente que, sobrepasado cierto punto de enfado, se concedada más importancía a la necesidad de reivindicar su descontento que al motivo de consulta. Tanto ha insistido en su actitud que finalmente, tal vez acuciado por el desgaste de la jornada y en cierta medida por el cuadro catarral que yo mismo llevaba puesto (ahora en pleno auge mientras escribo esto), le he contestado con cierta sorna que yo soy un médico lento pero que hay otros colegas en el mismo centro mucho más rapidos.

   Incrementando su indignación por momentos ha seguido con lo mismo: que no hay derecho a estar esperando dos horas (repito que realmente era hora y media), que con lo mala que está, que le podían haber avisado que iba a haber ese retraso, que se podia haber ido dar de comer al niño y volver...

   A estas alturas ya me estaba temiendo que iba a ser poco probable que la consulta fuera llevada a cabo con normalidad. No obstante, como mandan los canones, he mantenido la calma todo el tiempo, no he elevado el tono de voz en ningún momento. Como seguía de pie con sus quejas, le he ofrecido sentarse, cosa que ha rechazado. Le he vuelto a dar la razón en el motivo de sus quejas y le he explicado que, si se encontraba tan mal, me lo podía haber hecho saber y la hubiera pasado antes. Le he informado que además hay siempre uno de los médicos del centro que atiende las urgencias y he añadido que, si no quiere someterse al riesgo de tanto retraso, otro día procure citarse a primera hora. Lo ha entendido mal y ha creido que le proponía citarse para mañana. He tenido que aclararle que por supuesto que la veía ahora.

   Tras este "forcejeo", cuando parecía que iba a contarme algo de la espalda, se ha interrumpido con un "lo siento pero no puedo..." mientras ha comenzado subitamente a sollozar. Solo me ha dado tiempo a decirle "yo también lo siento, porque no creo haberle hecho nada..." Mientras, con apresurada maniobra, le daba la vuelta al carrito y salía a trompicones por la puerta, aun le ha dado tiempo a replicarme "si que me ha hecho..."

   Cuando creía que me iba a marchar a mi casa a disfrutar de mi catarro tras una jornada laboral placentera, mis expectativas se han visto frustradas por esta única paciente.

   Otros compañeros atienden enfermos o asegurados o usuarios; yo atiendo pacientes de verdad, en toda la extensión del término. Porque se necesita tener mucha paciencia para aguantar las largas esperas a las que a menudo les someto. Los que aun permanecen conmigo tras todos estos años ya me conocen y lo soportan estoicamente; pienso que de alguna manera deben de sentirse compensados. Algunos con los que tengo confianza bromean diciendome que siempre que vienen se traen el periódico o un buen libro y que a veces les da tiempo a terminarlo. Yo les sigo la corriente diciendoles que es lo bueno de venir a mi consulta; que se mantiene uno informado y se aprende; creo que ha habido incluso quien se ha preparado alguna oposición.

                                                                

   Se lo que es trabajar de "médico de cupo" cuando tenías que atender a ochenta pacientes en dos horas. Y se lo que es trabajar en "las lecheras" cuando tenías que salir a veces a quince o veinte "urgencias" domiciliarias apresurandote todo lo que podías, porque cuando volvías al puesto de urgencias, tenías otros tantos esperando a ser atendidos. Terminabas con estos y otra vez a salir con otros diez, quince o veinte domicilios. Y asi hasta diecisiete horas seguidas, cuando no veinticuatro los festivos. Entonces si sabíamos lo que era luchar contra el tiempo.

   A diario un administrativo o una enfermera repartía a los pacientes que esperaban a primera hora unas papeletas con el numero de orden. Tal como se hace en la carnicería o la pescadería. El sistema era algo tercermundista, pero en cierto sentido era más justo. Estos calculaban el tiempo, según el numero que les había tocado, y se iban a sus cosas. También se hacían sus apaños entre ellos intercambiandose los numeros a su conveniencia. Lo que no había era quejas por la demora en la atención, porque lógicamente no había ningún compromiso de ser atendido a ninguna hora concreta.

   El sistema se mantuvo incluso cuando nuestra jornada laboral era de siete horas, tras la creación de los primeros centros de salud en el marco de la reforma sanitaria de los ochenta, y el tiempo que dedicabamos a la consulta podía teoricamente prolongarse mucho más allá de aquellas dos horas de antaño. Desde el principio aprendí a dar todo el valor que se merece a ese tiempo extra.

   Tal vez por eso, cuando al poco tiempo se informatizó a los administrativos con el SICAP (Sistema Informático de Cita en Atención Primaria) y se crearon los conceptos de agenda de consulta  y el de cita previa, mucho antes de la Plataforma Diez Minutos, mucho antes de disponer de ordenador en la consulta, tal vez fuera yo uno de los pioneros en asignar diez minutos por paciente, circunstancia que he venido manteniendo desde entonces.

   Con la cita previa vinieron inevitablemente las reclamaciones por el tiempo de espera ya que rara vez se puden cumplir las expectativas que se le da al paciente al asignarle una hora concreta de visita. Se puede asegurar hoy que es el motivo más frecuente y casi exclusivo de quejas y reclamaciones en Atención Primaria.

   No me gusta que me hagan esperar y, por el mismo motivo, no me gusta hacer esperar a mis pacientes. Cada día me hago el mismo propósito de no generar demasiado retraso. Sigo con mis diez minutos y tengo una agenda bastante realista que prolongo hasta casi toda la jornada para que tengan cabida todos los pacientes que tengo de media. Pero ningún día sabes cuantos van a acudir, con que problemas y en cuanto se incrementará la lista en la propia jornada mientras aun pueden citarse; la famosa "agenda de calidad" de La Administración.

   Opino que con los escasos medios que nos facilitan, con tantas trabas para acceder a determinadas pruebas complementarias y mermada asi nuestra capacidad resolutiva, el mayor bien que podemos ofrecer a los pacientes, la mejor herramienta de que disponemos en atención primaria se llama tiempo; todo el que cada motivo de consulta consideremos que requiere, sin consentir que nos lo merme ninguna otra consideración, aunque acabemos consumiendolo todo y a veces acabemos con su paciencia. 

  Se que inevitablemente lo ocurrido hoy volverá a ocurrir cualquier día, espero que la próxima vez al menos no me encuentre... ¡ah...! ¡ah...! ¡¡¡Atchuuuus!!!

 Alfredo Falcó Sales, 2012

11 octubre, 2012

Hoy en la consulta V. Las medias a medias

   Entre los muchos despropósitos a los que nos enfrentamos los médicos de atención primaria desde hace años, de los más alejados de nuestro quehacer profesional, está el de ejercer de merceros.

   Dentro de la alienante actividad de emitir a diario los "vales descuento" se encuentra un apartado dedicado a los "efectos y accesorios", aunque debería decir "mercería y lencería fina". Me refiero a todos esos artículos que no son fármacos y que comprenden todo tipo de gasas, vendas, apósitos, sondas, bolsas, absorbentes bragados o no, muñequeras, rodilleras, tobilleras, musleras, suspensorios y bragueros, etc., etc., y, por supuesto las medias; que, a su vez, pueden ser cortas, largas, pantys, de compresión normal o fuerte...

   He de decir que muy recientemente han introducido una mejora, simplificando la prescripción al ajustarla a la descripción sencilla del producto, al contrario que hasta hace poco en que teniamos que escoger cualquiera de estos, casi al azar, en un amplísismo catálogo; por supuesto siempre desactualizado, con descripciones  confusas, por marcas e incluso por tallas para, al poco rato, tener al paciente llamando a la puerta con un "esto ya no existe" o "me han dicho en la farmacia que tiene usted que poner...".

   El sistema que practico habitualmente; para preservar mi salud mental, es que el paciente consiga en la farmacia el producto; a la par que el correspondiente CN (¡Bendito Codigo Nacional!), que mejor se ajuste a sus necesidades y elaborar el "vale descuento" a posteriori.



   Hoy mismo he iniciado la prescripción de unas medias para una señora con insuficiencia venosa, muy animado por las mejoras mencionadas recientemente introducidas, siempre con esa más que justificada suspicacia en base a anteriores malas experiencias ante cualquier cambio.

   Pestaña de efectos y accesorios; buscar por... escribo media; despliegue de lista de medias (cortas, largas, compreión normal, fuerte, etc.), escojo cortas de compresión fuerte y aparecen dos opciones: media corta de compresión fuerte y media corta de compresión fuerte ambas piernas.

   No saliendo de mi asombro, por este resultado mejor de lo esperado, me congratulo por la perspicacia de la industria y La Administración al haberse dado cuenta por fin de que la mayoría de la población a la que atendemos poseen las dos piernas, y que lo más frecuente es que necesiten las medias para ambas. Un plausible acierto al haber comercializado también un envase con las dos medias y asi no tener que imprimir dos "vales descuento"; pienso.
Por supuesto escojo la segunda opción, que la paciente aprueba y se marcha tan contenta. Continuo viendo pacientes uno tras otro, sin dejar de saborear, con la punta de las sinapsis del subconsciente, ese agradable regusto que deja la experiencia de las cosas bien hechas. ¡Santa inocencia!

   No tarda mucho en asomar por la entreabierta puerta la anterior paciente con sus edematosas piernas.
      —¡Doctor! Que me han dicho que me tiene que hacer dos recetas.
      —¡Pero, usted ha visto que pone ambas piernas...! —replico contrariado y decepcionado.
      —¡Ya! ¡Si yo también se lo he dicho! Pero me han contestado que aunque lo ponga asi tienen que ser dos recetas...

   Resignadamente le imprimo una copia del anterior "vale descuento" mientras me maravillo ante las mentes retorcidas, manantial inagotable de confusión, devotos de Murphy y sus leyes, que, por la fuerza de la costumbre, pergeñan tenazmente todo mal y/o a medias; incluso las medias.

 Alfredo Falcó Sales, 2012

21 septiembre, 2012

Hoy en la consulta IV. El precio de las vacaciones

   Tras mi periodo reglamentario anual de unas; permitaseme la inmodestia, merecidas vacaciones, hace tres días que me he reincorporado y; sin sorpresa alguna por mi parte, me he encontrado lo de todos los años anteriores: afluencia masiva de mis incondicionales pacientes con peregrinos, cuando no ininteligibles motivos de consulta a pesar de, no pocos de ellos, haber sido atendidos previamente por otros colegas en el propio centro de salud o en el hospital. Para mayor inri el primer día tenía turno de avisos (solo tuve uno, pero el desarrollo del mismo merece un articulo exclusivo) y ayer de urgencias. Es lo que en nuestro argot llamamos "pagar" las vacaciones.

   Además me he encontrado con los correspondientes empeoramientos, que las autoridades sanitarias han hecho gala de saber aplicar, en los tramites administrativos durante las escasas semanas en que me he ausentado.

   No obstante, dadas las circunstancias, creo que lo estoy llevando excelentemente. Prueba de ello es que en lugar de penas me he animado a publicar las dos anecdotas más recientes; precisamente de hoy, antes de que se me olviden.

   Veo a una señora a la que una semana antes han atendido en la urgencia del hospital por un dolor lumbar, que se acompaña de una imagen radiológica en el lado sintomático, sobre la que surgen dudas diagnósticas entre una litiasis o un flebolito. Aun persiste algo de clínica; aunque leve, y en analítica practicada días antes presentaba una orina con alteraciones en el sedimento.

   —Voy a tramitarle un cultivo de orina y un abdomen simple ... —anuncio; y antes de poder seguir me interrumpe.
   —No, por favor, pídamelo complejo porque a mi siempre se me complican las cosas...

   Algunos pacientes después veo a una de mis octogenarias pluripatológicas, cuyo problema principal en la actualidad son episodios de disnea, que han motivado varias visitas a la urgencia del hospital en los últimos meses y, a mi juicio, tienen su origen en edema crónico de glotis y/o disfunción de cuerdas vocales, pero se han empeñado en tratarla como disnea de origen cardio-pulmo-neurológico, para asi acabar con un CPAP (tengo mis dudas sobre si indicado tras estudio polisomnográfico) que no la mejora ni lo tolera. No obstante, la última vez que ha estado en urgencias, alguien con buen criterio le ha pautado prednisona, la ha remitido al ORL y le ha dicho que no use el dispositivo si empeora con su uso.

   El caso es que, casi ya terminando de cumplimentar las prescripciones que acto seguido me solicitó, y mientras se quejaba rutinariamente de sus multiples dolencias, añade:

   —Y además a ver porque tengo yo que aguantar todo el rato la música esa.
   —¿Que música? —interrogo extrañado.
   — Esa que tengo todo el tiempo en la cabeza, esa de "¡Que viva españa!", la de Manolo Escobar.
   —Vamos a hacer una cosa —le digo en voz bien alta y acercandome lo más posible a ella para contrarrestar su monumental sordera— cómo le han dado ese medicamento en el hospital, que entre otras cosas le va a aliviar el dolor, de estas de tramadol de 100 se va a tomar solo una en lugar de dos. Y de las de paracetamol de 1 gramo trate de tomar también algo menos, y la cito para la semana que viene a ver si ha desaparecido la música o, al menos ha cambiado de canción —me permito bromear.

   Ahora estoy impaciente por verla de nuevo porque se me olvidó preguntarle si la versión era interpretada por el propio Manolo Escobar o algún otro cantante.

 Alfredo Falcó Sales, 2012

15 junio, 2012

Hoy en la consulta... III. La Muerte


La Muerte es una gran, temible, implacable, imponente señora. La reverenciamos, pero eludimos tener que inclinarnos ante ella. Evitamos incluso mencionarla. Por eso hemos inventado otras muertes más plebeyas: deceso, óbito, defunción,  fallecimiento, partida, trance... en alusión a una especie de desgaste más bien transitorio o a un viaje a un emocionante lugar desconocido. A pesar de tanto eufemismo, la mayor parte del tiempo preferimos ignorarla como si no existiera.

  Los médicos no podemos permitirnos ese lujo; es nuestra inevitable e invisible compañera. Como humanos que somos también obviamos mencionarla todo el tiempo, pero sabemos bien que viaja en el compartimento de al lado con el oído atento; seguro que a veces aplicándolo al delgado mamparo divisor.

  Tras tantos años de entrenamiento, sabemos de sobra comunicar esa mala noticia, que no necesariamente ha de ser la peor que nos vemos forzados a transmitir. Sin embargo, no estamos igualmente preparados para recibirla. En no pocas ocasiones es un familiar el que viene a informarte de la muerte del enfermo y no es fácil recibirla sin cierta cautela. Tal vez notamos un ligero tinte de reproche en las formas del mensajero ante un desenlace no previsto, o somos nosotros mismos los que albergamos esa constante duda sobre si hicimos todo lo correcto. No obstante, la veteranía nos ha enseñado a reaccionar rápidamente con no del todo sincera sorpresa y dar prioridad inmediata a las manifestaciones condolientes con la perdida, con lo que normalmente salvamos el trance dignamente.

  Hoy me esperaba G, un asiduo y madrugador octogenario; de los que están a la puerta del centro media hora antes de abrir. De muy buen porte y a menudo trajeado. Un puro nervio al que siempre encuentro aguardando impaciente delante de la consulta, paseando arriba y abajo como león enjaulado, convencido, tras todos estos años, de haberse ganado el privilegio de ser atendido, todas y cada una de las veces, el primero; aunque esté citado para más tarde; e incluso a veces sin tan siquiera estarlo.

  Aproximadamente una vez al mes no tengo más remedio que ceder ante esas exigencias, sabedor de que le despacharé en unos pocos minutos y no perjudicaré demasiado al primero de la lista. Al fin y al cabo solo viene a por recetas para su mujer, que es la verdadera enferma; una de tantas pluripatológicas. El solo tiene la tensión arterial perfectamente controlada con un solo fármaco y, por lo demás, presume con razon de una envidiable buena salud.

  A lo largo de todos estos años, mientras le hago las recetas y a veces paso a la historia el informe de alguna de las revisiones de los especialistas a los que se somete su esposa periódicamente, conversamos sobre esto y aquello y he llegado a conocerle en cierta medida.

  Todas esas prisas tienen que ver con la forma en que tiene organizada su vida. A diario realiza largos y manifiestamente terapéuticos recorridos a pie, sean estos o no necesarios, para hacer la compra y  cualquier recado que pueda surgir; entre los que se encuentran el acudir a mi consulta a por las recetas. Es bastante popular en el barrio y seguro que tiene una vida social relativamente intensa y no le hace ascos a tomarsse un chato de vino de vez en cuando charlando con un amigo. Por la tardes hecha la partida y se recoge a una hora decente para cenar y ver algo la tele, momentos que deben ser los únicos que de verdad comparte con su mujer.

    En las últimas fugaces conversaciones que mantuvimos, mientras esperábamos pacientemente la respuesta de la antigua pachorruda impresora (recientemente me la han cambiado por una más moderna y eficaz), me hizo saber que estaba yendo a visitar a diario a su hermano que se encontraba ingresado en un hospital de casos terminales. Más tarde, no hace muchos días una de sus hijas me anunció que por fin su tío había fallecido. Le rogué que transmitiera mis condolencias a su padre y le pregunté por su estado y el de su madre, a lo que me respondió que se encontraban bien.

  Esta mañana, como decía, me esperaba G con la misma impaciencia de siempre, esta vez incluso asomaba medio cuerpo por la esquina que he de torcer desde el pasillo principal para dirigirme a mi consulta a través de la sala de espera con mayor expectación de lo habitual. Me saludó, como suele hacer, con exagerada cordialidad y, antes de entrar en materia, formulé una protocolaria pregunta:

   —¿Que tal estamos G?

   —Pues ya ve usted, que se ha muerto mi...

  Abri la boca para interrumpirle con algo como "ya se; su hermano, ya me habían informado, le acompaño en el sentimiento..." , cuando llegó a mi conciencia el final de la frase que había comenzado a pronunciar: ...esposa.

 Como ante el juego de manos en que te cambien el objeto ante tus narices, me quedé perplejo, pero ni se notó. Con ágil maniobra, mientras escudriñaba en mi memoria por ver si yo había contribuido de alguna forma al fatal desenlace llegando pronto, por fortuna,  a una conclusión negativa, le respondí:

—Me deja usted de piedra. ¿Como ha ocurrido?

—Pues verá usted, fue en una de las revisiones. Le encontraron algo en una prueba y decidieron ingresarla y luego se complicó con...

  Pero yo ya no le escuchaba porque me encontraba fascinado ante aquel anciano contándome los pormenores del evento sin una muestra de luto en su expresión, ni en su actitud, ni en su atuendo, ni en su discurso.

   Ni por un momento se me ocurre hacer un juicio de valores de sus sentimientos. Sin embargo, mientras el seguía hablando y yo asentía a sus explicaciones como mostrando interés, en mi mente se agolpaba una tempestad de ideas en forma de absurdas preguntas a las que era incapaz de responder:

 Todos sabemos lo que es una persona muy vital: ¿se puede decir de alguien que es muy mortal? Si alguien juzga que otra persona, debido a una importante merma de sus facultades, es un "muerto en vida" ¿es posible que tal convicción sea suficientemente fuerte como para que, cuando muere de hecho, no despierte ninguna emoción en el otro?

  Nada más lejos de mi intención que juzgar a ese anciano ni ahora ni en el futuro. Sobre todo porque nadie sabe lo que se cuece en cada casa, en cada grupo familiar. Pero no puedo evitar que me acudan algunas reflexiones al respecto.

  No tanto como a él, pero por supuesto que conocía a la difunta. Hace muchos años, probablemente tras alguno de sus embarazos, casi sin percatarse se convirtió en la típica "gordita feliz". Poco a poco, también casi inapreciablemente, debido a la suma de secuelas y limitaciones que le habían ido dejando sus múltiples dolencias e ingresos hospitalarios, cambió el calificativo "feliz" por "achacosa". Conservaba, sin embargo una cierta frescura, la mente integra y cierto fuerte carácter que, por ejemplo, le hacía mantener desde años atrás una tozuda negativa a ser vista por el nefrólogo, según decía porque éste la había amenazado con incluirla en el programa de hemodiálisis, cosa que ella rechazaba de plano; vaya usted a saber por que idea preconcebida. Pero puedo decir que en general me parecía una bellísisma persona.

  Por eso no se como interpretar la reacción del hombre. Puede que sea simple aversión por las enfermedades y que ésta haya hecho que, sin dejar de querer a su mujer, se haya ido distanciando de la enferma; delegando cada vez más los cuidados de ésta en sus hijas y escudarse en múltiples quehaceres, hasta llegar a no reconocerla como su pareja. Puede que desde la atalaya de su tan pregonada buena salud observe a los enfermos como una clase inferior con la que no debe de mezclarse. Tal vez es un firme convencido de esa parte de la educación recibida desde la infancia: los hombres no lloran bajo ningún concepto, hasta llegar, tras mucho entrenamiento, a ser capaz de contener la emoción igual que el fakir se guarda de manifestar dolor ante el florete que le atraviesa.

  Quise probarle provocando a sus sentimientos:

  —Vaya racha más mala G, primero su hermano y a los pocos días su esposa —dije en un tono intencionadamente lastimero.

  Le escudriñe y ni un aumento de brillo en los ojos, ni un mohín de labios temblorosos. Ya he visto anteriormente muchas veces demostrar ciertas dosis de entereza, pero no he podido evitar en esta ocasión la apreciación personal de que tal firmeza tiene algo de malsana.

  Repito: no soy quien para juzgar a nadie pero, para mi tranquilidad, necesito encontrarme con alguna de sus hijas y manifestarle mi condolencia y ver enjugar una lagrima sana en homenaje a esa buena mujer.

 Alfredo Falcó Sales, 2012

03 junio, 2012

Hoy en la consulta... II. Urgencias

  Hoy he tenido urgencias. Cada centro las organiza a su manera, en el mio tanto las urgencias como los domicilios; se acostumbra a decir estar "de interior" o "de exterior", se realizan por turnos rotatorios.  El día que te corresponde alguno de esos servicios haces lo de todos los compañeros de tu turno de trabajo y, hasta cierta hora acordada, lo de los compañeros del otro turno. El sistema no es ni mejor ni peor que el que realizan en otros centros; te acabas acostumbrando a lo que sea.

  Como ya dije en otro articulo, soy muy despistado para estos asuntos y nunca recuerdo ni preveo si me toca o no alguno de estos servicios. Así que miré la planilla y... si; hoy lunes...

  —Estoy de "interior" —dije en voz alta para recordar a los administrativos que yo era el "pringao" del día. Y acto seguido la misma broma de siempre.

  —Suerte que me he cambiado de calzoncillos.

  En general no me importa atender urgencias (me molestan infinitamente más los avisos a domicilio, pero esa es otra historia). Al aliciente de ver a nuevos pacientes, se une el reto diagnóstico y la toma de decisiones a menudo en condiciones apuradas, que es la esencia de esta profesión; lo que te mantiene en forma. Me estoy refiriendo, claro está, a ese pequeño porcentaje de "verdaderas urgencias" de entre los pacientes que acuden con esa supuestamente inaplazable necesidad. Aunque he de decir que tampoco me parece una labor sencilla la de separar las "churras de las merinas"; permítaseme la sin animo de ofender pecuaria expresión.

  La metodología que acostumbro a seguir en la atención a urgencias es siempre la misma y se basa en unas firmes premisas: En primer lugar la urgencia la decide el paciente. Hace ya mucho que no pierdo tiempo en discusiones y, de entrada, supongo que la urgencia está justificada mientras no se demuestre lo contrario. En segundo lugar, enlazando con lo anterior, e incluso aunque solo con un primer vistazo y cuatro preguntas ya se si es o no una urgencia real, cumplo escrupulosamente con los mínimos protocolarios según el cuadro clínico y, solo cuando he terminado con ello, doy al paciente las indicaciones oportunas y prescribo el tratamiento si el caso lo merece y, a continuación, también si el caso lo merece, le afeo su conducta si considero que no por ignorancia sino por hacerse el "listillo" ha interferido injustificadamente con la buena marcha de la consulta. Si acepta humildemente mi amonestación se va con su tratamiento y mi "bendición". Si, por el contrario, encima se pone chulo, no se lleva nada más que el disgusto de no salirse con la suya, y mi recomendación de que acuda a su médico a la mayor brevedad posible.

  El problema es cuando se juntan varias urgencias en la sala de espera; en nuestro argot decimos que ha venido el "autobús de las trece", por ser esta la hora preferida por los pacientes para acudir en tropel. Lo que suelo hacer es ir atendiendo alternativamente a un paciente o dos de los de cita previa y uno de urgencia. Asomo a intervalos por la puerta y tanteo el aspecto de los presentes por si de un vistazo puedo valorar si alguno esta verdaderamente en malas condiciones como para atenderlo antes que a los demás: pero no siempre el aspecto lo dice todo. Tampoco es buena solución; por la necesidad de respetar la intimidad, preguntarle que le pasa delante de todos los demás. E invitar a que entre en la consulta para hacerle la pregunta, guardando asi la confidencialidad, es peor porque una vez que está dentro no es practico hacerle salir de nuevo sin ser atendido. En resumen, que es difícil hacer justicia; no es la primera vez que he hecho esperar demasiado tiempo a un estoico paciente que luego he comprobado que se encontraba francamente mal.

  A menudo, cuando hay mucha demora, me dirijo desde la puerta a los presentes y abiertamente pregunto; forzando así una respuesta sincera, teniendo al resto de los pacientes como testigos:

  —De los que han venido de urgencias ¿hay alguno que se encuentre tan mal como para no poder esperar como los demás?

  Casi siempre se levanta uno que se considera peor que el resto y; de forma tácita, los demás consienten en seguir esperando. Otras veces son los propios pacientes los que me avisan de que hay alguien que se encuentra especialmente mal y le invito a pasar el primero

  Hoy ha sido un día relativamente tranquilo. Ni había demasiados citados ni tampoco he visto muchas urgencias. Recuerdo tres o cuatro de la epidemia de "nosemequitas". Unos años toca fiebre alta, otros las gastroenteritis..., este es el año de "llevo quince días con la tos, he tomado de todo y «no se me quita»".

  La abierta sonrisa llena de alivio de una primigesta, cuando le he dicho que claro que podía tomar ciertos medicamentos para aliviar sus síntomas, me ha compensado del resto.

  A pesar de que, como decía, el día ha sido tranquilo un muchacho de veinte años casi me ha consumido el tiempo sobrante; con el que contaba para imprimir un buen taco de recetas pendientes. El chaval llevaba inscrito en la cara el diagnóstico: ansiedad. Me ha contado un cuadro; o mejor un retablo, clínico que no había por donde cogerlo.

  ¿Que tiempos son estos en que a la edad en que uno que debía estar quemando energías con el deporte, preparando los exámenes finales, "estajanovizando" la jornada laboral o haciendo manitas con la novia se ve, en cambio, obligado a acudir al médico sufriendo de autentica angustia?

  Como no era paciente mio, no quise indagar demasiado en los posibles motivos que le habían conducido a ese estado. Le recomendé que acudiera lo antes posible a su médico y conseguí que aceptara medicarse a demanda con un suave ansiolítico. El mucho tiempo que le dediqué creo que sirvió de algo; me pareció que se iba algo más aliviado.

  El último paciente es el que realmente ha motivado que me decidiera a escribir el presente artículo ya que, si no es una historia demasiado interesante, si que tiene ese airecillo anecdótico.  Que me perdonen los que no sean de la profesión si entro en algún detalle que les pueda resultar algo tedioso.

  Se trata de un varón de entre 45 y 50 años que acude con la mano, muñeca y, sin llegar a afectarlo en toda su extensión, el tercio distal del antebrazo izquierdo hinchados, habiendo comenzado escasas horas antes.

  Es tan ostensible, se ve tan edematosa y tensa la piel; tiene dificultades incluso para hacer completamente el puño, y casi se han borrado los relieves del dorso de la mano, que comienzo a inspeccionarla antes incluso del interrogatorio. Luego le examino a el con su aspecto fuerte, más bien tosco, pero de proporciones armónicas.

  —Me pica mucho, doctor. Sobre todo la palma —y al mismo tiempo no puede evitar rascarse frenéticamente.

  Compruebo que efectivamente la palma esta mucho más roja e incluso la reacción; básicamente eritema ligeramente sobreelevado, se esta extendiendo por la muñeca y ascendiendo por el antebrazo (¡lastima de cámara fotográfica!). Ni picaduras, ni erosiones, ni grietas. Los pulsos bien, no hay signos de flebitis. Empiezo a sospechar que es una reacción urticarial, pero tan asimétrica y localizada que no puedo por más que pensar en un agente externo tópico...

  —Doy por supuesto que no se ha dado ningún golpe.

  —No señor.

  —¿En que trabaja?

  —Ahora estoy en el paro.

  —Cuanto lo siento. Pero, ¿está haciendo alguna actividad, alguna chapuza, algo de bricolaje...?

  —Pues no, tampoco.

  —¿Algo de jardinería tal vez? ¿Algún arreglo en el coche? ¿Alguna sustancia que haya podido tocar: disolventes, lejía, ayudando a su mujer...? Por cierto, ¿es usted zurdo?

  —No señor. Que yo recuerde no he tocado nada raro, y no; soy diestro.

  A continuación realizo una muy profesional y reflexiva pausa frotandome la barbilla y con la mirada; los ojos casi cerrados, perdida en lo alto.

  Mientras, el hombre me mira inquisitoriamente, rascándose desesperadamente y moviendo la cabeza de un lado a otro como diciendo: déjese de reflexiones y solucióneme esto.

  —Mire usted  —comienzo a decir como si hubiera oído sus ruegos— esto es una urticaria...

  —¿Una urticaria? —me interrumpe con desconfianza— si yo no soy alérgico, ni he comido nada raro...

  —Es que esta no es por alimentos —le interrumpo igualmente— ni siquiera le he preguntado por ellos, ni por medicamentos. Si fuera así las lesiones estarían más extendidas y más simétricas por todo el cuerpo y tal vez la cara. No, esta es por algo que usted ha tocado o rozado con esa mano. Por tal motivo he insistido tanto con mis preguntas. A pesar de todo, tengo la impresión de que va a ser muy difícil dar con la causa. Entretanto le voy a poner un tratamiento con el que va a mejorar y luego observaremos la evolución. Y usted siga pensando cual puede haber sido esa causa para que al menos no se repita.

  —En primer lugar la enfermera le inyectará un Urbasón® y le voy a recetar unos comprimidos para seguir el tratamiento —observo sorprendido como cambia su expresión de alivio, al saber que se le daba una solución a su problema, a contrariedad.

  —¿Pero es necesario pincharme? Yo creí que una crema...

  —¡Pero hombre de Dios! ¿No ve usted como está eso de hinchado? Una crema no le solucionaría nada.

  Mientras llevo a cabo los inevitables trámites administrativos: citarle con la enfermera, escribir en su historia, imprimir las recetas... no puedo dejar de observar que el hombre, ya sea por avenencia; parece el típico bonachón que se suma a cualquier causa perdida que se ponga a tiro, o con la esperanza de hallar una pista que le salve de esa inyeción que tan poco parece gustarle, se frota la barbilla sin dejar de rascarse la mano en una actitud reflexiva como la que yo había manifestado escasos momentos antes. Aun la mantiene cuando ya le entrego las recetas y le voy a dar las oportunas instrucciones...

  —¿Y frio? —me detengo— ¿Se ha expuesto usted al frio? —repito inspirado.

  —Eso si —me contesta devolviéndome una mirada tan ilusionada como imagino la mía— precisamente he estado esta mañana con una barra de helado preparando un postre y, ahora que lo dice, al poco he comenzado con los picores.

  —Ve usted como había tocado algo —pronuncio triunfantemente mientras me arrellano en el asiento.

  —Entonces ¿no me tengo que pinchar?

  —¿Como que no? De esa no se salva, amigo —bromeo— Y además —añado prudentemente— le aconsejo acudir a su médico cuanto antes para hacerle unos análisis porque, urticaria o no, puede que algún problema en su sangre haya provocado esto.

  —¡Buenos días!

  —¡Hasta luego!

  En su historia he anotado el siguiente episodio: Urticaria "a frigore". ¡Cuanto tiempo hacía que deseaba utilizar ese termino!

  Si, definitivamente hoy ha sido un buen día de urgencias.

 Alfredo Falcó Sales, 2012

17 mayo, 2012

Hoy en la consulta... I. Un día cualquiera

  Inicio esta sección cuya finalidad no pretendo que sea otra que compartir todo aquello de mi quehacer profesional diario que pueda ser considerado relevante. Por ese motivo va a ser dificil que haya material para cubrir todos y cada uno de los días.

  Quiza debería haberme reservado para un dia más propicio a un atractivo estreno. Ese día excepcional en que te enfrentas al gran reto diagnóstico tras una historia clínica especialmente barroca, o aquel que te provee de material para divertir con una simpática anecdota. Ese en que te ves implicado en el lado más emotivamente humano de una historia, o esotro en que te enzarzas en cualquier enfrentamiento, catecolaminas en alto. Pero hoy no, hoy es uno de esos días en que habiendo sucedido de todo no ha acontecido nada.

  Y, sin embargo, me parece de lo más oportuno relatar este día tipo, con toda su carga de tremebunda rutina consumista salpimentada de toda suerte de inútiles y arbitrarias fórmulas burocráticas, porque no se me ocurre mejor forma de ilustrar nuestra alienante labor cotidiana.

  Como cada mañana, hoy he aparcado puntualmente en una calle cercana al centro, en el lado en el que menos sol le dará a lo largo de la mañana, más que nada para no tener que conducir a la vuelta dentro de un microoondas. Y es que, por muy temprano que llegue al centro, las plazas de sombra del parking ya están cogidas; yo creo que algunos compañeros que pasan la noche dentro del coche.

  A continuación la letanía del intercambio de futiles deseos de buenos días mientras me dirigo a la unidad administrativa y penetro en ella. Como nunca recuerdo si estoy de algún servicio, me acerco a mirar la planilla para asegurarme; hoy estoy de refuerzo. Espero no tener que actuar; últimamente estoy para que me refuercen a mí. Tras vaciar de todo tipo de papeles imaginables mi desbordante casillero, emprendo raudo el ascenso a mi consulta; a ver si me da tiempo a hacer las máximas recetas de crónicos que se amontonan día a día.

  De momento, por suerte, no me ha asaltado ningún usuario en el trayecto, de esos que incomprensiblemente se creen merecedores de un trato especial, y que con ellos no va eso de las citas y los horarios. No obstante, a pesar de que aun faltan más de quince minutos para ver al primero, ya hay seis en la sala de espera. Son tres parejas, porque mis pacientes, fieles a lo de "...en lo bueno y en lo malo, en la salud y la enfermedad...", suelen enfermar solidariamente en matrimonio.

  Al contrario de mostrar mi desgrado les gasto las manidas bromas de siempre: que si habeis venido detras del que va poniendo las calles, que si os habeis quedado encerrados esta noche en el centro, que quien tenía hoy las llaves para abrir...

  Ya en el interior oprimo el botón de encendido del ordenador, sin el que ya somos unos inutiles, y elevo una plegaria a San SERMAS para que al menos no falle el arranque. Mientras se inicia tediosamente el lentisimo equipo, a juego con el cachazudo paquete informático al que nos han condenado por nuestras malas acciones, abro el maletín y voy disponiendo estrategicamente sobre la mesa de despacho, el sello ¡bendito sello!, el tampón, bolígrafo, recetas de "pistacho" y de "fresa", folios, hojas de IT, taco de P-10, post-its... ¡Ah! y el fonendo; lo mismo hoy hasta lo uso y todo.

  Ya está la pantalla de inicio... Usuario y contraseña. Espere, por favor... Más espera... Un poquito más de por, favor... ¡Ya! Otra vez usuario y otra contraseña distinta. Espere, por favor.... ¡Ay que se atasca!... ¡Ay que no se inicia!... ¡Uf! ¡Menos mal!

  La lista de pendientes no llega a treinta y, sin embargo, casi esta llena la agenda (soy de los diez minutos incluso antes de que se creara La Plataforma) además alguno más caerá a lo largo de la mañana, pero no es un mal día.

  Quedan diez minutos para empezar. Voy a hacer unas cuantas recetas de crónicos porque tengo un buen montón, y ya el primer paciente impaciente se levanta y se acerca a la puerta que a proposito he dejado entreabierta.

  —­­­­­­­­­­­­ Espere un momentito a que termine de arrancar este cacharro —miento.
­­­­­­  — ¡Ah! Vale. Espero.

https://scontent.fmad6-1.fna.fbcdn.net/v/t1.0-9/317908_10151257175997798_1257509651_n.jpg?_nc_cat=109&_nc_oc=AQkeNIgk7QUDuzEmT6LiCyHl2UVfHSkbvR8AS3VtcOKeWD4jl40jnnOHU0TvJF4ibgw&_nc_ht=scontent.fmad6-1.fna&oh=2bb079a298d9af43727fec7e9b04f09f&oe=5DF9B589  La impresora, una HP; iniciáles tras las que se oculta lo que realmente pienso sobre ella, me dedica como cada mañana; pillandome aun así de sorpresa, su particular buenos dias. Con un espantoso ruido electromecánico, que hace retemblar toda la mesa, engulle la primera receta reteniendola a continuación en sus abrasadoras profundidades. Asi que tengo que abrir la tapa, extraigo el carro del toner y la unidad fotoconductora, y comienzo a tirar del papel perfectamente bien atrapado; que por suerte esta vez consigo extraer sin que se fragmente, tras haberme teñido, eso si, las puntas de los dedos de negro. Después funcionará más o menos bien aunque lentiiiisima y, de forma azarosa, me regalará con otra de las gracias de su repertorio como volver a atascarse y una que es genial: hacer un bucle y llenar la cola de impresión de infinitas veces la misma receta con la pretensión de irlas imprimiendo todas (os ahorraré los pasos que hay que dar para solucionar este desaguisado. si alguien tiene interés que me lo pida y le envio un tutorial).

  Consigo hacer solo unas pocas recetas; gracias a todos los impedimentos del demoníaco programa informático gestor de consulta que mente humana perversa haya podido jamás pergeñar, antes de llamar al primer paciente (la mayoría de días será el único al que atienda a la hora que está citado).

  —Pase usted Juan...

  Y da comienzo el rosario de usuarios, tan iguales todos, tan exclusivo cada uno... Conozco sus nombres completos, pero voy llamandoles familiarmente por el de pila:  Fulgencios y baldomeros, sebastianas y cristetas exiben su rareza onomástica con wilson-bernardos y gladys-alicias; bindanges y ebutos; gnadieskas y stanislawes; fu yines y li shanes, mohamedes y aishas...

  La mayor parte del tiempo lo dedico a desfacer entuertos burocráticos, todos aquellos de los que el resto de los profesionales; más avispados que nosotros, hace tiempo que se desentendieron y que día a día casi están consiguiendo hacerme olvidar mi condición de médico.

  Recetas para tres meses "que me voy al pueblo", las recetas que no quiso hacer o hizo mal el epecialista, las que no le hicieron en la urgencia del hospital, las que tampoco le hicieron en el SUMMA 112, las de "le pido un  favor" de la sociedad privada, las de la automedicación, las de "consulte a su farmaceutico", las de "me han dicho en la farmacia que esto lo han retirado", las de "se ha equivocado, yo no soy pensionista" o "yo si soy pensionista", las de "se me ha pasado la fecha", las de  "las he perdido" o "me las han perdido", las del visado de inspección, las de estupefacientes, las de MUFACE, las de ISFAS...  Y esto en lo que respecta solo a las prescripciones; yo prefiero llamarlas "cupones reintegro", que también está el resto del papeleo: las bajas que debería de controlar el especialista, informes y justificantes para las cuestiones más peregrinas que pueda uno imaginar, partes interconsulta que genera el especialista y no le da la gana de hacer...

  El que genero yo mismo he de admitirlo como inevitable, pero el que, con el paso del tiempo, va minando mi moral y ensombreciendome el caracter es el otro, el que nos han endilgado de los otros estamentos por pusilánimes y mediocres que somos.

  Pero, ya basta de listados de penalidades; ya me he extendido bastante en lo que todo el mundo conoce sobradamente. Tampoco quiero hablar de esos pacientes que han confundido el día de la cita o los acompañantes que "de clavo" te hacen una consulta, ni de los que te piden recetas para un familiar que no se ha citado, ni de las "llamaditas" de la Inspección Medica en plena consulta, ni de...

  Para ser sincero, hoy ha sido un día más y, como tal, ni haciedo el mayor esfuerzo conseguiría recordar si he experimentado algún hecho a destacar.

  Sí, ha habido algo que ha tenido cierta gracia:  Un paciente, victima de la curiosidad, me ha dicho no entender porque el clopidogrel necesitaba ser visado. No he podido evitar una sonora carcajada.

  —Amigo mio. Primero quiero agradecerle la pregunta, porque con ella me ha alegrado usted el día. — y continuo explicando— Éste es solo un ejemplo más de tantos y tantos despropositos de La Administración. Si no recuerdo mal todo comenzó con un medicamento; todavía vivia Franco, que se llamaba Tiklid®. Ni siquiera se si aun sigue vigente. Por entonces tal vez tenía algun sentido el visado por los riesgos potenciales y por su precio más elevado que la media de los que se prescribían. Después siguieron apareciendo medicamentos más modernos de la misma linea, más seguros y proporcionalmente más baratos, y, sin embargo, siguen sujetos a la necesidad del visado.

  — Dice usted —seguí explicando— no saber porque se tiene que visar el clopidogrel. Pues yo estoy igual. Pero además le puedo asegurar que si hicieramos la misma pregunta al inspector médico, al consejero, a la ministra y a La Santisima Trinidad comprobaría que tampoco tienen ni idea o nos darian alguna explicación nada convincente.

  —¡Ah!, ya se —dijo el hombre, y añadió con extraña clarividencia— de esas cosas que alguien puso en su momento y que ahora por inercia nadie las quita...

  Y no sigo porque este me parece un bonito tema para desarrollar en otro apartado.