| Tras mi periodo reglamentario anual de unas; permitaseme la inmodestia, merecidas vacaciones, hace tres días que me he reincorporado y; sin sorpresa alguna por mi parte, me he encontrado lo de todos los años anteriores: afluencia masiva de mis incondicionales pacientes con peregrinos, cuando no ininteligibles motivos de consulta a pesar de, no pocos de ellos, haber sido atendidos previamente por otros colegas en el propio centro de salud o en el hospital. Para mayor inri el primer día tenía turno de avisos (solo tuve uno, pero el desarrollo del mismo merece un articulo exclusivo) y ayer de urgencias. Es lo que en nuestro argot llamamos "pagar" las vacaciones. Además me he encontrado con los correspondientes empeoramientos, que las autoridades sanitarias han hecho gala de saber aplicar, en los tramites administrativos durante las escasas semanas en que me he ausentado. No obstante, dadas las circunstancias, creo que lo estoy llevando excelentemente. Prueba de ello es que en lugar de penas me he animado a publicar las dos anecdotas más recientes; precisamente de hoy, antes de que se me olviden. Veo a una señora a la que una semana antes han atendido en la urgencia del hospital por un dolor lumbar, que se acompaña de una imagen radiológica en el lado sintomático, sobre la que surgen dudas diagnósticas entre una litiasis o un flebolito. Aun persiste algo de clínica; aunque leve, y en analítica practicada días antes presentaba una orina con alteraciones en el sedimento. —Voy a tramitarle un cultivo de orina y un abdomen simple ... —anuncio; y antes de poder seguir me interrumpe. —No, por favor, pídamelo complejo porque a mi siempre se me complican las cosas... Algunos pacientes después veo a una de mis octogenarias pluripatológicas, cuyo problema principal en la actualidad son episodios de disnea, que han motivado varias visitas a la urgencia del hospital en los últimos meses y, a mi juicio, tienen su origen en edema crónico de glotis y/o disfunción de cuerdas vocales, pero se han empeñado en tratarla como disnea de origen cardio-pulmo-neurológico, para asi acabar con un CPAP (tengo mis dudas sobre si indicado tras estudio polisomnográfico) que no la mejora ni lo tolera. No obstante, la última vez que ha estado en urgencias, alguien con buen criterio le ha pautado prednisona, la ha remitido al ORL y le ha dicho que no use el dispositivo si empeora con su uso. El caso es que, casi ya terminando de cumplimentar las prescripciones que acto seguido me solicitó, y mientras se quejaba rutinariamente de sus multiples dolencias, añade: —Y además a ver porque tengo yo que aguantar todo el rato la música esa. —¿Que música? —interrogo extrañado. — Esa que tengo todo el tiempo en la cabeza, esa de "¡Que viva españa!", la de Manolo Escobar. —Vamos a hacer una cosa —le digo en voz bien alta y acercandome lo más posible a ella para contrarrestar su monumental sordera— cómo le han dado ese medicamento en el hospital, que entre otras cosas le va a aliviar el dolor, de estas de tramadol de 100 se va a tomar solo una en lugar de dos. Y de las de paracetamol de 1 gramo trate de tomar también algo menos, y la cito para la semana que viene a ver si ha desaparecido la música o, al menos ha cambiado de canción —me permito bromear. Ahora estoy impaciente por verla de nuevo porque se me olvidó preguntarle si la versión era interpretada por el propio Manolo Escobar o algún otro cantante. Alfredo Falcó Sales, 2012 |
Como el Sganarelle de Moliere, los médicos de atención primaria funcionamos a palos; y asi nos va.
21 septiembre, 2012
Hoy en la consulta IV. El precio de las vacaciones
23 agosto, 2012
Risoterapia
Llevo varios días bloqueado en todos los sentidos. En lo que atañe a este blog, por ejemplo, no se me ocurre nada. En el trabajo, con tan solo dos días para comenzar mis vacaciones, tengo todo el tiempo en mente el comienzo de las mismas.
El poco ingenio del que en ocasiones puedo gozar se encuentra acogotado por "La Situación" actual con el pesimismo acechandonos por doquier.
Una noticia de la TV este mediodía ha producido en mi un notable cambio: me he reido; no, me he carcajeado a mandibula partida.
Ahora me siento mejor y hasta me he animado a publicar estas lineas. Deseo de corazón que quien lea esto comparta conmigo la hilarante reacción.
Me viene a la cabeza la creencia transcultural del valor terapéutico de la risa. Creencia que viene de miles de años atrás y respaldada por figuras emblemáticas de la medicina como Hipócrates y Galeno, sin olvidar el ejemplo más reciente de Patch Adams.
Yo hace tiempo que practico el reirme, siempre que puedo, con mis pacientes. No me concedo por ello ningún mérito especial porque me sale de la forma más espontanea (y puedo asegurar que no siento que sea incompatible con tomarme muy en serio mi profesión) y aun así tengo la impresión de que debería de practicarlo más. Creo sinceramente que infravaloramos el poder de la risa en nuestro ejercicio profesional.
Alfredo Falcó Sales, 2012 |
21 agosto, 2012
Mucho cuento: Troglodita
Relato presentado en 2011 en el concurso anual del laboratorio farmacéutico FAES. Tema libre. Condiciones: contener las palabras papelera, leopardo y Bondenza. Por supuesto, no obtuvo ningún premio.
01 agosto, 2012
Mucho cuento: La pregunta
El presente relato fue presentado al 2º Concurso de Relatos Cortos: La Princesa Cuenta, organizado por el Hospital de La Princesa de Madrid en 2008. Las normas del concurso incluían que la temática debía de versar sobre el beneficio de los hábitos saludables y mostrar los aspectos positivos para la vida y la condición de contener la frase: ¿Era pronto para todo y tarde para cambiar? Incomprensiblemente no obtuvo ningún premio.
31 julio, 2012
Embaracitis
19 julio, 2012
08 julio, 2012
Receta azul
¡Por fin! Ha hecho falta una crisis económica mundial para que, tras veinte años de juegos malabares con la impresora para hacer la prescripción correctamente en el impreso de color correspondiente, y el reciclaje innecesario de varias hectareas de bosques de eucalipto, pero al final La Comunidad de Madrid a parido la receta única. ¡Ha nacido la receta azul!
Si, ya lo sé, el color seguro que a muchos no les va a gustar. No me extrañaría que alguien se plantee que por qué azul. Grupos feministas dirán que debía haberse escogido un color más neutro; marrón o gris o blanco. Grupos gays que un ribete arco iris. Algún republicano viejo o de nueva hornada le encontrará connotaciones con la División fascista y con la Falange. El color de la policia, el de la aristocracia, Blue Velvet..., en fin, dirán otros. Lo que importa es que es única.
¿Podía haberse hecho antes? Por supuesto que sí; desde el principio uno de los datos del paciente, que aparecía impreso al realizar la prescripción, era su código de usuario, con lo que el farmacéutico podía distinguir perfectamente a que tipo de aportación estaba sujeto el individuo. El código era muy similar al que se ha comenzado a utilizar; unicamente el actual es más extenso porque tambien se han diversificado los niveles de aportación.
¿Tan necesario era el cambio? Si. Lo era antes; con todas esas recetas a la papelera, tantos paseos inutiles del paciente y tantas innecesarias consultas al médico, tantos errores de registro en la historía clínica y, en fin, tanta perdida de tiempo por un error tan usual como equivocar el color de la receta. Pero ahora es imprescindible. ¿Puede uno imaginarse recetas de no menos de seis colores diferentes?
Mi pregunta es, dado que lo de la receta electrónica parece que va para largo, ¿tardará La Comunidad otros veinte años en darse cuenta de que con un modelo único de impreso, sin necesidad de ningún color en especial; tal vez una sutil "marca al agua" o un discreto logotipo, podriamos realizar las cada vez más absorbentes labores burocráticas? Lo digo porque el problema del despilfarro de celulosa (no seais mal pensados) y tiempo, a partes iguales, no está resuelto del todo. Aun tenemos al menos tres modelos de papel diferente: el simple folio en blanco, el de IT (incapacidad temporal) y la receta. Y, las nuevas impresoras que, como un moderno lavavajillas, tienen bandeja superior y de carga inferior, nos chulean succionando el papel de una u otra, e imprimiendo de una forma casi aleatoria; a poco que tengamos un pequeño despiste y estemos bajos de reflejos. Los ITs en las recetas y viceversa y así hasta seis combinaciones diferentes; una de ellas la correcta. Esto, llevado al terreno matemático, viene a decir que tenemos aproximadamente 1/6 de probabilidades de hacer la impresión adecuada. Asi que, parangonando a Einstein, no diré que Dios juega con nosotros a los dados pero si que nosotros imprimimos como si jugaramos con uno.
Por supuesto que, en cuanto al tema de la nueva receta, lo más importante es la implicacion en cuanto a los cambios en la aportación de cada usuario, y he de decir que la impresión que me han transmitido en general los mismos es de conformidad.
La opinión generalizada es que el nuevo sistema de aportación es más justo. Claro que habrá que contemplar individualmente algunos casos puntuales y enmendar los muchos errores conceptuales y de calculo cometidos; y se cometerán inevitablemente, que habrá que ir solucionando. Pero básicamente comparto esa opinión general.
De momento, como no puedo evitar ser un poco gamberro, me lo estoy pasando pipa con lo de agotar las existencias: incluso he barajado las recetas para que la mayor parte de los pacientes se lleven de los dos colores. Es de tontos, pero disfruto imprimiendo las de los antiguos pensionistas en verdes y las de los trabajadores en rojas y me complace amoscar a la ancianita que, cuando le voy a imprimir a proposito en verde, me dice "oiga, que esas no son las mías", y luego su mirada recelosa cuando le explico el TSI 001: "usted no tiene que pagar".
P. D.: Ya que estamos, que no se olviden de que aun está por resolver lo de las recetas de ISFAS, MUFACE, ASISA y los partes de IT de los MUGEJU, etc. ¿Se les habra ocurrido, o lo harán en un futuro proximo, unificarlos en recetas y partes de IT? Alfredo Falcó Sales, 2012 |
04 julio, 2012
In arte ars medica, I. Le médecin malgré lui
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Arte y medicina se encuentran ligados desde muy antiguo. A la profesión médica han recurrido a menudo desde todas las artes como tema de expresión e, igualmente, no son pocos los médicos que se ha acercado al arte de forma más o menos afortunada y apasionada, hasta el punto de que a menudo han llegado a abandonar su profesión en favor de aquel.
De modo que, al espacio de un médico en el que predominan temas médicos, me parece que no esta de más recrearlo con alguna aportación relacionada con esa confluencia entre las artes; bellas o no, y el "arte médico". Y quiero comenzar esta serie de aportes precisamente por la obra que da nombre a este blog: El médico a palos.
El titulo en español asi como la traducción libre; y hay que decir más bien la amputación que la adaptación, de la obra original de Moliere de 1666; Le médecin malgré lui (El médico a su pesar), se la debemos a Leandro Fernandez de Moratín.
Y es de lo más oportuno traer a colación a Moliere y su obra. Muchos de los datos biográficos que han llegado hasta nosotros de Moliere son algo confusos a pesar de ser un personaje célebre en su tiempo. Dejó pocas referencias sobre si mismo en notas o escritos ni en cartas. Pero de su obra se deduce que tenía una opinión bien formada respecto a los médicos de su época. Algunos piensan que tal vez culpaba a estos de la precoz muerte de su madre en el parto de su propio nacimiento, así como a la de su madrastra, y tampoco salió bien parado de la asistencia que le dispensaron durante la larga enfermedad pulmonar que acabó llevándole a la muerte y que se supone que pudo ser una tuberculosis.
No era precisamente buena la opinión que en general se tenía de los médicos de entonces, a pesar de que obtener el título no era fácil e incluso el nombramiento requería de una llamativa ceremonia pública. Al parecer ese mal prestigio se lo ganaban a pulso con su actitud arrogante y escasamente humanitaria, con la que pretendían compensar sus escasos conocimientos sobre la enfermedad y los limitados recursos terapéuticos de que disponían para combatirla. No es de extrañar que fueran a menudo objeto de mofa y de la sátira, de la que Moliere, un autor que escribía para el pueblo, se hacía buen eco.
La temática del médico y la medicina es en cierta medida recurrente en la obra de Moliere (en cuatro de sus comedias el médico es protagonista y en el Don Juan también hace acto de presencia) y, aparte de las razones aducidas anteriormente, no sería de extrañar que el conocimiento de la profesión que demuestra fuera debido a que tuviera por amigo y/o enemigo a uno o varios médicos. No olvidemos que Moliere se relacionaba directamente con la corte y el número de médicos adscritos a la misma con Luis XVI rondaba casi los ochenta.
De cualquier forma es aconsejable, para el que no lo haya hecho aun, leerse esta obra en concreto. La de Moratín, por la lógica más fácil lectura y las aportaciones más cercanas a nuestro medio que éste tuvo a bien hacer, a pesar de que peca de demasiada pacatería y autocensura; y la original de Moliere, aunque sea en francés (no he conseguido encontrar una traducción al español fiel al texto), más fresca, atrevida y satírica que la anterior.
Algunas sentencias celebres relacionadas con la medicina procedentes de las propias obras de Moliere o tradicionalmente atribuidas a este son:
"Casi todos los hombres mueren de sus medicinas, no de sus enfermedades."
"El mejor signo que puede haber es que el médico haga reír al enfermo."
"El médico es ese hombre que se mantiene a la cabecera del enfermo hasta que la medicina lo mata o la naturaleza lo cura."
"Médicos. Hombres de suerte. Sus éxitos brillan al sol...Y sus errores los cubre la tierra."
"Los médicos no son para eso; su misión es recetar y cobrar; el curarse o no es cuenta del enfermo."
"La muerte es el remedio de todos los males; pero no debemos echar mano de éste hasta última hora."
"El hábito no hace al monje, pero si al médico: En cuanto se habla vistiendo toga y birrete, toda charlatanería resulta sapiciencia, y todo desatino se convierte en razonable.
Por todo lo expuesto no es de extrañar que muchos consideren a Moliere un moralista, que hace suya la popular frase de la comedia ambulante "Castigat ridendo mores" (condena las costumbres riendo). Algunos van más allá atribuyéndole el origen de la introducción del código ético en la medicina.
Referencias:
El médico a palos, L. Fernández de Moratín **********
Otro de los méritos atribuibles a Moliere fue la adaptación de la "Commedia dell'arte" italiana al teatro formal francés, A menudo sus representaciones se acompañaban de números musicales, canto y danza.
Quizá por eso sus obras parecen fácilmente proclives a adaptaciones musicales y no deja de extrañar que no se prodiguen más en este sentido. Concretamente con respecto a Le médecin malgré lui tan solo hay referencia de cuatro autores que se hayan aventurado a convertirlas en operas:
Marc-Antoine Madeleine Désaugiers (1791)
Jakob Haibel (1841)
Charles Gounod (1858)
Ferdinand Poise (1887)
La de Gounod es la que ha trascendido y ha cosechado mayores éxitos, aun así resulta muy difícil conseguir alguna grabación de la misma. El siguiente video corresponde a una selección de la grabación que el sello Gaite Lyrique realizó en 1972 de la interpretación de la Orchestre Lyrique de la ORTF bajo la dirección de Jean-Claude Hartemann (descatalogada, prácticamente inconseguible). En ésta se puede apreciar la frescura y calidad de la música con la que Gounod acompaña al texto de Jules Barbier y Michel Carré, que se atienen tan fielmente al original de Moliere que motivó que la Comédie-Française intentará impedir su estreno.
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Alfredo Falcó Sales, 2012
15 junio, 2012
Hoy en la consulta... III. La Muerte
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La Muerte es una gran, temible, implacable, imponente señora. La reverenciamos, pero eludimos tener que inclinarnos ante ella. Evitamos incluso mencionarla. Por eso hemos inventado otras muertes más plebeyas: deceso, óbito, defunción, fallecimiento, partida, trance... en alusión a una especie de desgaste más bien transitorio o a un viaje a un emocionante lugar desconocido. A pesar de tanto eufemismo, la mayor parte del tiempo preferimos ignorarla como si no existiera. Los médicos no podemos permitirnos ese lujo; es nuestra inevitable e invisible compañera. Como humanos que somos también obviamos mencionarla todo el tiempo, pero sabemos bien que viaja en el compartimento de al lado con el oído atento; seguro que a veces aplicándolo al delgado mamparo divisor. Tras tantos años de entrenamiento, sabemos de sobra comunicar esa mala noticia, que no necesariamente ha de ser la peor que nos vemos forzados a transmitir. Sin embargo, no estamos igualmente preparados para recibirla. En no pocas ocasiones es un familiar el que viene a informarte de la muerte del enfermo y no es fácil recibirla sin cierta cautela. Tal vez notamos un ligero tinte de reproche en las formas del mensajero ante un desenlace no previsto, o somos nosotros mismos los que albergamos esa constante duda sobre si hicimos todo lo correcto. No obstante, la veteranía nos ha enseñado a reaccionar rápidamente con no del todo sincera sorpresa y dar prioridad inmediata a las manifestaciones condolientes con la perdida, con lo que normalmente salvamos el trance dignamente. Hoy me esperaba G, un asiduo y madrugador octogenario; de los que están a la puerta del centro media hora antes de abrir. De muy buen porte y a menudo trajeado. Un puro nervio al que siempre encuentro aguardando impaciente delante de la consulta, paseando arriba y abajo como león enjaulado, convencido, tras todos estos años, de haberse ganado el privilegio de ser atendido, todas y cada una de las veces, el primero; aunque esté citado para más tarde; e incluso a veces sin tan siquiera estarlo. Aproximadamente una vez al mes no tengo más remedio que ceder ante esas exigencias, sabedor de que le despacharé en unos pocos minutos y no perjudicaré demasiado al primero de la lista. Al fin y al cabo solo viene a por recetas para su mujer, que es la verdadera enferma; una de tantas pluripatológicas. El solo tiene la tensión arterial perfectamente controlada con un solo fármaco y, por lo demás, presume con razon de una envidiable buena salud. A lo largo de todos estos años, mientras le hago las recetas y a veces paso a la historia el informe de alguna de las revisiones de los especialistas a los que se somete su esposa periódicamente, conversamos sobre esto y aquello y he llegado a conocerle en cierta medida. Todas esas prisas tienen que ver con la forma en que tiene organizada su vida. A diario realiza largos y manifiestamente terapéuticos recorridos a pie, sean estos o no necesarios, para hacer la compra y cualquier recado que pueda surgir; entre los que se encuentran el acudir a mi consulta a por las recetas. Es bastante popular en el barrio y seguro que tiene una vida social relativamente intensa y no le hace ascos a tomarsse un chato de vino de vez en cuando charlando con un amigo. Por la tardes hecha la partida y se recoge a una hora decente para cenar y ver algo la tele, momentos que deben ser los únicos que de verdad comparte con su mujer. En las últimas fugaces conversaciones que mantuvimos, mientras esperábamos pacientemente la respuesta de la antigua pachorruda impresora (recientemente me la han cambiado por una más moderna y eficaz), me hizo saber que estaba yendo a visitar a diario a su hermano que se encontraba ingresado en un hospital de casos terminales. Más tarde, no hace muchos días una de sus hijas me anunció que por fin su tío había fallecido. Le rogué que transmitiera mis condolencias a su padre y le pregunté por su estado y el de su madre, a lo que me respondió que se encontraban bien. Esta mañana, como decía, me esperaba G con la misma impaciencia de siempre, esta vez incluso asomaba medio cuerpo por la esquina que he de torcer desde el pasillo principal para dirigirme a mi consulta a través de la sala de espera con mayor expectación de lo habitual. Me saludó, como suele hacer, con exagerada cordialidad y, antes de entrar en materia, formulé una protocolaria pregunta: —¿Que tal estamos G? —Pues ya ve usted, que se ha muerto mi... Abri la boca para interrumpirle con algo como "ya se; su hermano, ya me habían informado, le acompaño en el sentimiento..." , cuando llegó a mi conciencia el final de la frase que había comenzado a pronunciar: ...esposa. Como ante el juego de manos en que te cambien el objeto ante tus narices, me quedé perplejo, pero ni se notó. Con ágil maniobra, mientras escudriñaba en mi memoria por ver si yo había contribuido de alguna forma al fatal desenlace llegando pronto, por fortuna, a una conclusión negativa, le respondí: —Me deja usted de piedra. ¿Como ha ocurrido? —Pues verá usted, fue en una de las revisiones. Le encontraron algo en una prueba y decidieron ingresarla y luego se complicó con... Pero yo ya no le escuchaba porque me encontraba fascinado ante aquel anciano contándome los pormenores del evento sin una muestra de luto en su expresión, ni en su actitud, ni en su atuendo, ni en su discurso. Ni por un momento se me ocurre hacer un juicio de valores de sus sentimientos. Sin embargo, mientras el seguía hablando y yo asentía a sus explicaciones como mostrando interés, en mi mente se agolpaba una tempestad de ideas en forma de absurdas preguntas a las que era incapaz de responder: Todos sabemos lo que es una persona muy vital: ¿se puede decir de alguien que es muy mortal? Si alguien juzga que otra persona, debido a una importante merma de sus facultades, es un "muerto en vida" ¿es posible que tal convicción sea suficientemente fuerte como para que, cuando muere de hecho, no despierte ninguna emoción en el otro? Nada más lejos de mi intención que juzgar a ese anciano ni ahora ni en el futuro. Sobre todo porque nadie sabe lo que se cuece en cada casa, en cada grupo familiar. Pero no puedo evitar que me acudan algunas reflexiones al respecto. No tanto como a él, pero por supuesto que conocía a la difunta. Hace muchos años, probablemente tras alguno de sus embarazos, casi sin percatarse se convirtió en la típica "gordita feliz". Poco a poco, también casi inapreciablemente, debido a la suma de secuelas y limitaciones que le habían ido dejando sus múltiples dolencias e ingresos hospitalarios, cambió el calificativo "feliz" por "achacosa". Conservaba, sin embargo una cierta frescura, la mente integra y cierto fuerte carácter que, por ejemplo, le hacía mantener desde años atrás una tozuda negativa a ser vista por el nefrólogo, según decía porque éste la había amenazado con incluirla en el programa de hemodiálisis, cosa que ella rechazaba de plano; vaya usted a saber por que idea preconcebida. Pero puedo decir que en general me parecía una bellísisma persona. Por eso no se como interpretar la reacción del hombre. Puede que sea simple aversión por las enfermedades y que ésta haya hecho que, sin dejar de querer a su mujer, se haya ido distanciando de la enferma; delegando cada vez más los cuidados de ésta en sus hijas y escudarse en múltiples quehaceres, hasta llegar a no reconocerla como su pareja. Puede que desde la atalaya de su tan pregonada buena salud observe a los enfermos como una clase inferior con la que no debe de mezclarse. Tal vez es un firme convencido de esa parte de la educación recibida desde la infancia: los hombres no lloran bajo ningún concepto, hasta llegar, tras mucho entrenamiento, a ser capaz de contener la emoción igual que el fakir se guarda de manifestar dolor ante el florete que le atraviesa. Quise probarle provocando a sus sentimientos: —Vaya racha más mala G, primero su hermano y a los pocos días su esposa —dije en un tono intencionadamente lastimero. Le escudriñe y ni un aumento de brillo en los ojos, ni un mohín de labios temblorosos. Ya he visto anteriormente muchas veces demostrar ciertas dosis de entereza, pero no he podido evitar en esta ocasión la apreciación personal de que tal firmeza tiene algo de malsana. Repito: no soy quien para juzgar a nadie pero, para mi tranquilidad, necesito encontrarme con alguna de sus hijas y manifestarle mi condolencia y ver enjugar una lagrima sana en homenaje a esa buena mujer. Alfredo Falcó Sales, 2012 |
03 junio, 2012
Hoy en la consulta... II. Urgencias
Hoy he tenido urgencias. Cada centro las organiza a su manera, en el mio tanto las urgencias como los domicilios; se acostumbra a decir estar "de interior" o "de exterior", se realizan por turnos rotatorios. El día que te corresponde alguno de esos servicios haces lo de todos los compañeros de tu turno de trabajo y, hasta cierta hora acordada, lo de los compañeros del otro turno. El sistema no es ni mejor ni peor que el que realizan en otros centros; te acabas acostumbrando a lo que sea.
Como ya dije en otro articulo, soy muy despistado para estos asuntos y nunca recuerdo ni preveo si me toca o no alguno de estos servicios. Así que miré la planilla y... si; hoy lunes...
—Estoy de "interior" —dije en voz alta para recordar a los administrativos que yo era el "pringao" del día. Y acto seguido la misma broma de siempre. —Suerte que me he cambiado de calzoncillos.
En general no me importa atender urgencias (me molestan infinitamente más los avisos a domicilio, pero esa es otra historia). Al aliciente de ver a nuevos pacientes, se une el reto diagnóstico y la toma de decisiones a menudo en condiciones apuradas, que es la esencia de esta profesión; lo que te mantiene en forma. Me estoy refiriendo, claro está, a ese pequeño porcentaje de "verdaderas urgencias" de entre los pacientes que acuden con esa supuestamente inaplazable necesidad. Aunque he de decir que tampoco me parece una labor sencilla la de separar las "churras de las merinas"; permítaseme la sin animo de ofender pecuaria expresión.
La metodología que acostumbro a seguir en la atención a urgencias es siempre la misma y se basa en unas firmes premisas: En primer lugar la urgencia la decide el paciente. Hace ya mucho que no pierdo tiempo en discusiones y, de entrada, supongo que la urgencia está justificada mientras no se demuestre lo contrario. En segundo lugar, enlazando con lo anterior, e incluso aunque solo con un primer vistazo y cuatro preguntas ya se si es o no una urgencia real, cumplo escrupulosamente con los mínimos protocolarios según el cuadro clínico y, solo cuando he terminado con ello, doy al paciente las indicaciones oportunas y prescribo el tratamiento si el caso lo merece y, a continuación, también si el caso lo merece, le afeo su conducta si considero que no por ignorancia sino por hacerse el "listillo" ha interferido injustificadamente con la buena marcha de la consulta. Si acepta humildemente mi amonestación se va con su tratamiento y mi "bendición". Si, por el contrario, encima se pone chulo, no se lleva nada más que el disgusto de no salirse con la suya, y mi recomendación de que acuda a su médico a la mayor brevedad posible.
El problema es cuando se juntan varias urgencias en la sala de espera; en nuestro argot decimos que ha venido el "autobús de las trece", por ser esta la hora preferida por los pacientes para acudir en tropel. Lo que suelo hacer es ir atendiendo alternativamente a un paciente o dos de los de cita previa y uno de urgencia. Asomo a intervalos por la puerta y tanteo el aspecto de los presentes por si de un vistazo puedo valorar si alguno esta verdaderamente en malas condiciones como para atenderlo antes que a los demás: pero no siempre el aspecto lo dice todo. Tampoco es buena solución; por la necesidad de respetar la intimidad, preguntarle que le pasa delante de todos los demás. E invitar a que entre en la consulta para hacerle la pregunta, guardando asi la confidencialidad, es peor porque una vez que está dentro no es practico hacerle salir de nuevo sin ser atendido. En resumen, que es difícil hacer justicia; no es la primera vez que he hecho esperar demasiado tiempo a un estoico paciente que luego he comprobado que se encontraba francamente mal.
A menudo, cuando hay mucha demora, me dirijo desde la puerta a los presentes y abiertamente pregunto; forzando así una respuesta sincera, teniendo al resto de los pacientes como testigos:
—De los que han venido de urgencias ¿hay alguno que se encuentre tan mal como para no poder esperar como los demás? Casi siempre se levanta uno que se considera peor que el resto y; de forma tácita, los demás consienten en seguir esperando. Otras veces son los propios pacientes los que me avisan de que hay alguien que se encuentra especialmente mal y le invito a pasar el primero
Hoy ha sido un día relativamente tranquilo. Ni había demasiados citados ni tampoco he visto muchas urgencias. Recuerdo tres o cuatro de la epidemia de "nosemequitas". Unos años toca fiebre alta, otros las gastroenteritis..., este es el año de "llevo quince días con la tos, he tomado de todo y «no se me quita»".
La abierta sonrisa llena de alivio de una primigesta, cuando le he dicho que claro que podía tomar ciertos medicamentos para aliviar sus síntomas, me ha compensado del resto.
A pesar de que, como decía, el día ha sido tranquilo un muchacho de veinte años casi me ha consumido el tiempo sobrante; con el que contaba para imprimir un buen taco de recetas pendientes. El chaval llevaba inscrito en la cara el diagnóstico: ansiedad. Me ha contado un cuadro; o mejor un retablo, clínico que no había por donde cogerlo.
¿Que tiempos son estos en que a la edad en que uno que debía estar quemando energías con el deporte, preparando los exámenes finales, "estajanovizando" la jornada laboral o haciendo manitas con la novia se ve, en cambio, obligado a acudir al médico sufriendo de autentica angustia?
Como no era paciente mio, no quise indagar demasiado en los posibles motivos que le habían conducido a ese estado. Le recomendé que acudiera lo antes posible a su médico y conseguí que aceptara medicarse a demanda con un suave ansiolítico. El mucho tiempo que le dediqué creo que sirvió de algo; me pareció que se iba algo más aliviado.
El último paciente es el que realmente ha motivado que me decidiera a escribir el presente artículo ya que, si no es una historia demasiado interesante, si que tiene ese airecillo anecdótico. Que me perdonen los que no sean de la profesión si entro en algún detalle que les pueda resultar algo tedioso.
Se trata de un varón de entre 45 y 50 años que acude con la mano, muñeca y, sin llegar a afectarlo en toda su extensión, el tercio distal del antebrazo izquierdo hinchados, habiendo comenzado escasas horas antes.
Es tan ostensible, se ve tan edematosa y tensa la piel; tiene dificultades incluso para hacer completamente el puño, y casi se han borrado los relieves del dorso de la mano, que comienzo a inspeccionarla antes incluso del interrogatorio. Luego le examino a el con su aspecto fuerte, más bien tosco, pero de proporciones armónicas.
—Me pica mucho, doctor. Sobre todo la palma —y al mismo tiempo no puede evitar rascarse frenéticamente.
Compruebo que efectivamente la palma esta mucho más roja e incluso la reacción; básicamente eritema ligeramente sobreelevado, se esta extendiendo por la muñeca y ascendiendo por el antebrazo (¡lastima de cámara fotográfica!). Ni picaduras, ni erosiones, ni grietas. Los pulsos bien, no hay signos de flebitis. Empiezo a sospechar que es una reacción urticarial, pero tan asimétrica y localizada que no puedo por más que pensar en un agente externo tópico...
—Doy por supuesto que no se ha dado ningún golpe.
—No señor.
—¿En que trabaja?
—Ahora estoy en el paro.
—Cuanto lo siento. Pero, ¿está haciendo alguna actividad, alguna chapuza, algo de bricolaje...?
—Pues no, tampoco.
—¿Algo de jardinería tal vez? ¿Algún arreglo en el coche? ¿Alguna sustancia que haya podido tocar: disolventes, lejía, ayudando a su mujer...? Por cierto, ¿es usted zurdo?
—No señor. Que yo recuerde no he tocado nada raro, y no; soy diestro.
A continuación realizo una muy profesional y reflexiva pausa frotandome la barbilla y con la mirada; los ojos casi cerrados, perdida en lo alto.
Mientras, el hombre me mira inquisitoriamente, rascándose desesperadamente y moviendo la cabeza de un lado a otro como diciendo: déjese de reflexiones y solucióneme esto.
—Mire usted —comienzo a decir como si hubiera oído sus ruegos— esto es una urticaria...
—¿Una urticaria? —me interrumpe con desconfianza— si yo no soy alérgico, ni he comido nada raro...
—Es que esta no es por alimentos —le interrumpo igualmente— ni siquiera le he preguntado por ellos, ni por medicamentos. Si fuera así las lesiones estarían más extendidas y más simétricas por todo el cuerpo y tal vez la cara. No, esta es por algo que usted ha tocado o rozado con esa mano. Por tal motivo he insistido tanto con mis preguntas. A pesar de todo, tengo la impresión de que va a ser muy difícil dar con la causa. Entretanto le voy a poner un tratamiento con el que va a mejorar y luego observaremos la evolución. Y usted siga pensando cual puede haber sido esa causa para que al menos no se repita.
—En primer lugar la enfermera le inyectará un Urbasón® y le voy a recetar unos comprimidos para seguir el tratamiento —observo sorprendido como cambia su expresión de alivio, al saber que se le daba una solución a su problema, a contrariedad.
—¿Pero es necesario pincharme? Yo creí que una crema...
—¡Pero hombre de Dios! ¿No ve usted como está eso de hinchado? Una crema no le solucionaría nada.
Mientras llevo a cabo los inevitables trámites administrativos: citarle con la enfermera, escribir en su historia, imprimir las recetas... no puedo dejar de observar que el hombre, ya sea por avenencia; parece el típico bonachón que se suma a cualquier causa perdida que se ponga a tiro, o con la esperanza de hallar una pista que le salve de esa inyeción que tan poco parece gustarle, se frota la barbilla sin dejar de rascarse la mano en una actitud reflexiva como la que yo había manifestado escasos momentos antes. Aun la mantiene cuando ya le entrego las recetas y le voy a dar las oportunas instrucciones...
—¿Y frio? —me detengo— ¿Se ha expuesto usted al frio? —repito inspirado.
—Eso si —me contesta devolviéndome una mirada tan ilusionada como imagino la mía— precisamente he estado esta mañana con una barra de helado preparando un postre y, ahora que lo dice, al poco he comenzado con los picores.
—Ve usted como había tocado algo —pronuncio triunfantemente mientras me arrellano en el asiento.
—Entonces ¿no me tengo que pinchar?
—¿Como que no? De esa no se salva, amigo —bromeo— Y además —añado prudentemente— le aconsejo acudir a su médico cuanto antes para hacerle unos análisis porque, urticaria o no, puede que algún problema en su sangre haya provocado esto.
—¡Buenos días!
—¡Hasta luego!
En su historia he anotado el siguiente episodio: Urticaria "a frigore". ¡Cuanto tiempo hacía que deseaba utilizar ese termino!
Si, definitivamente hoy ha sido un buen día de urgencias. Alfredo Falcó Sales, 2012 |
25 mayo, 2012
Burrocracia: I. Autovisado. Ese sambenito
Imaginaos por un momento la siguiente escena, en una sala de justicia el juez dicta sentencia: Y debemos condenar, y así lo hacemos a fulanito a la pena de... Tras ello estampa su firma se levanta y da unos pocos pasos hacia la salida exageradamente marcados, se para en seco, se gira y deshace el camino. Se sienta de nuevo en la mesa, se cala las gafas y, tras una breve pausa, pronuncia en voz alta: esta sentencia está muy bien dictada y así me lo ratifico a mi mismo.
Lo más probable es que acto seguido, se dirigiera con una sonrisilla avergonzada para excusarse ante el anonadado público: "es que me han dado la orden de que lo haga así". No se lo que opinarían de ese juez los presentes, pero estoy seguro de que él no se sentiría muy digno. Pues bien, los médicos de familia hacemos esto a diario: Me estoy refiriendo, por supuesto, al autovisado.
Cuando comencé a escribir el presente artículo quería hacer una relación de los muy justificados motivos de queja; haciendo hincapié en aquellos que se distinguen por su carácter vejatorio, que nos asisten a los médicos de atención primaria. No tardé en percatarme de que el catálogo de éstos es tan extenso, variado e intrincado, que resulta difícil no dispersarse y aturullarse para, al final, querer decir tanto que no se entiende nada. Por eso he decidido elegir el más representativo de todos los escarnecedores bodrios inventados, en este caso por la Comunidad de Madrid.
Tampoco quiero abundar en lo mucho que se ha escrito ya sobre este particular. Aconsejo a quien quiera informarse que consulte las entradas; no demasiadas pero muy ilustrativas, que aparecen en Google bajo el termino "autovisado".
Mi única intención es reavivar el tema con la esperanza de que entre todos consigamos algún día eliminar este dichoso esperpento, y para ello expongo mis vivencias y mis argumentos, absolutamente personales y discutibles.
Los visados existen desde la misma creación del Instituto Nacional de Previsión (INP) en 1908, germen de la que sería una progresiva estatalización de la atención sanitaria en España. Su finalidad desde el principio ha sido el control de determinadas prestaciones, fundamentalmente farmacéuticas; pero no solo éstas, que por sus características excepcionales requieren condiciones especiales para su manejo, aunque también desde el principio el coste de la prestación en cuestión ha tenido su peso en el momento de establecer que productos debían ser sometidos a ese control especial.
Progresivamente la cobertura de la asistencia pública sanitaria se fue extendiendo a una cada vez mayor parte de la población, sobre todo a partir de la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) en 1942 e igualmente se fue ampliando el catálogo de prestaciones. En consecuencia el gobierno consideró necesario establecer un mayor control de las mismas y en 1946 se crea el Cuerpo de Inspección para; algo más tarde, en 1974, conferir a cada uno de sus miembros la consideración de autoridad.
Durante ese mismo periodo la actividad de atención primaria la desarrolla, sobre todo en las grandes urbes, el médico de cupo que, sin animo de juzgar su competencia; en la mayoría de casos mediatizada por las circunstancias en que la desarrollan, con escasa formación siempre autodidacta, se basa en una medicina básicamente curativa y de trámite burocrático.
Hasta ahi podría considerarse; siempre presto a discusión, en alguna medida justificado que se estableciera una mayor intervención de la inspección médica sobre las prestaciones que ofrecía el médico general, asi como cierto agravio comparativo a favor de los especialistas que disfrutaban de una mejor formación y un mayor respaldo científico e institucional.
Comienza el periodo democrático y se suceden una serie de reformas, a las que no es ajena la sanidad, que culminan con la aparición de la primera promoción de médicos de familia en 1982 y, su consecuencia lógica, las zonas básicas de atención primaría y la aparición de los primeros centros de salud.
Y aquí es donde comienza lo chocante de este asunto, y no quiero entrar en la relación de decepciones de todo tipo que hemos tenido que digerir desde esos comienzos. No. Quiero centrarme básicamente en lo que atañe a la permanencia hoy de los visados y sus connotaciones degradantes.
Si desde el principio las autoridades airean a los cuatro vientos que la Atención Primaria es el puntal de la Sanidad, y presumen de la excelente formación de los Médicos de Familia y de la extraordinaria labor que desarrollamos, ¿por que carajo seguimos con esos humillantes visados?, que cuando no cuestionan nuestra competencia; la necesidad del informe del especialista para el clopidogrel, cuestionan nuestra ética profesional; el infumable caso del Proscar®, y cuando ni una ni otra, entonces ponen a prueba nuestra paciencia y nuestra cordura; medias elásticas de compresión fuerte si y de compresión normal no... (?)
Reconozco que soy especialmente sensible con todo aquello que atenta contra mi dignidad. Creo que hay que defenderla con firmeza porque es lo único que te queda cuando te lo han quitado todo; y ¡buen celo que dedican nuestros superiores a esa rapaz labor!
En su momento les expuse mis tribulaciones al resto de mis colegas de equipo, que en principio me miraron como a un bicho raro, aunque terminaron por consentir en la firma de la carta, que yo mismo había elaborado con nuestras quejas, dirigida a nuestro gerente, con el ruego de que se encargara de hacerla llegar a su vez a más altas jerarquías. Al poco, éste me llamó personalmente para disuadirme de llevarlo a cabo con la amenaza de que se nos retirarían las atribuciones y el visado pasaría de nuevo a realizarlo la Inspección Médica. A mi casi me da un ataque de risa; ¡menuda amenaza! quitarnos de encima el rollo ese..., sorprendentemente, cuando se lo trasmití a mis compañeros, no les pareció oportuno seguir adelante.
Nuevamente me quedé solo con este asunto e intenté hacer la guerra por mi cuenta. Comencé a plasmar en las recetas dos rubricas totalmente diferentes; en el cuerpo de la receta una y en la casilla destinada al autovisado la otra, con la esperanza de que se me pidieran explicaciones, a las que tenía pensado responder que para ser mi propio supervisor tenia que sufrir un desdoblamiento de personalidad y por eso me salía distinta firma. Lo más gracioso es que alguna de esas recetas fue dispensada sin problema, pero en la farmacia se daban cuenta casi siempre del "error" y el paciente tenía que volver a que se lo arreglara. No estaba dispuesto a implicar a los pacientes en esa batalla, que además la mayoría no conseguirían entender, así que desistí.
Seguí durante un tiempo pensando en que otras estratagemas podía tomar, cuando un día recibimos la notificación de que, aunque el texto del autovisado seguiría apareciendo, al menos ya no tendríamos que firmar dos veces. Supongo que en tal decisión influirían las intrigas del recién creado Grupo Anti Burocracia (GAB), y una llamada a la cordura ante un asunto de tan extrema ridiculez, que no me extrañaría que hasta los miembros de La Administración sintieran que de algún modo también les salpicaba.
Esto ocurría en 2009; tres años después de la aparición del bodrio. Han pasado otros tres años y no hemos avanzado nada, y creo sinceramente que ha llegado el momento de reivindicar que el autovisado desaparezca del todo. Y lo propongo no solo por lo que de "simbólico" atentado contra la dignidad tiene, sino porque en breve se va a instaurar la receta electrónica y, como sigan convencidos de que el autovisado es requisito indispensable, no se que inventarán sus cabecillas para tocarnos las pelotillas. Me imagino diabluras como tener que enviar un SMS a los despachos de farmacia, o que solo para esas prescripciones en concreto el paciente tenga que acudir personalmente a la consulta; cualquiera sabe...
Además está el calderoniano tema de la honra, porque el autovisado desflora cada día a mi hija predilecta; mi inteligencia y no hace nada para compensarme del mancillamiento. Por eso hay que acabar con ese violador; tal como hizo el famoso alcalde, sin esperar la perezosa intervención de la autoridad pertinente.
Puede que algunos piensen que en la "Edad de silicio", en la que todo se cuantifica, esos valores no mensurables como: honestidad, generosidad, decencia, altruismo, dedicación, tesón, diligencia... no son más que pura cháchara nostálgica, que hay cosas más importantes que defender. Y no podré estar más de acuerdo con eso, pero los símbolos no son un asunto baladí. Por símbolos como cruces latinas o gamadas, estrellas de más o menos puntas, medias lunas, hoces, martillos, antorchas... y, en fin, toda la gama cromática, algunos han sufrido encierro y otros se han dejado morir y ciertos grupos han sido perseguidos y muertos; en algunos casos hasta casi el exterminio.
¿Sigue pareciéndoos un tema manido, ligado a un romántico pasado? ¿Y si, trasladándolo a la actualidad, os digo que estoy hablando de autoestima?
Todo eso lo saben muy bien las malas gentes. Lo sabía la Gestapo y lo dominaba la "Santa" Inquisición que, no conformes con flagelar, desarticular, abrasar y empalar, le colgaban al pobre condenado el sambenito para acabar minando la poca firmeza que aun le quedara.
Si digo que el autovisado es para mi como llevar un sambenito, tal vez no se me entienda bien; seguro que alguno incluso llegaría a decir "Oye, pues mola el poncho ese". Por eso, utilizando una imagen más actual, os diré que no me sentiría peor si en lugar del autovisado me obligaran a pasar la consulta con un vestido de cola amarillo, con grandes lunares verdes y rosas.
Por favor, compañeros, unamos nuestras fuerzas para quitarnos ese sambenito.
¡NO INCONDICIONAL AL AUTOVISADO!
Alfredo Falcó Sales, 2012
17 mayo, 2012
Hoy en la consulta... I. Un día cualquiera
Inicio esta sección cuya finalidad no pretendo que sea otra que compartir todo aquello de mi quehacer profesional diario que pueda ser considerado relevante. Por ese motivo va a ser dificil que haya material para cubrir todos y cada uno de los días.
Quiza debería haberme reservado para un dia más propicio a un atractivo estreno. Ese día excepcional en que te enfrentas al gran reto diagnóstico tras una historia clínica especialmente barroca, o aquel que te provee de material para divertir con una simpática anecdota. Ese en que te ves implicado en el lado más emotivamente humano de una historia, o esotro en que te enzarzas en cualquier enfrentamiento, catecolaminas en alto. Pero hoy no, hoy es uno de esos días en que habiendo sucedido de todo no ha acontecido nada.
Y, sin embargo, me parece de lo más oportuno relatar este día tipo, con toda su carga de tremebunda rutina consumista salpimentada de toda suerte de inútiles y arbitrarias fórmulas burocráticas, porque no se me ocurre mejor forma de ilustrar nuestra alienante labor cotidiana.
Como cada mañana, hoy he aparcado puntualmente en una calle cercana al centro, en el lado en el que menos sol le dará a lo largo de la mañana, más que nada para no tener que conducir a la vuelta dentro de un microoondas. Y es que, por muy temprano que llegue al centro, las plazas de sombra del parking ya están cogidas; yo creo que algunos compañeros que pasan la noche dentro del coche.
A continuación la letanía del intercambio de futiles deseos de buenos días mientras me dirigo a la unidad administrativa y penetro en ella. Como nunca recuerdo si estoy de algún servicio, me acerco a mirar la planilla para asegurarme; hoy estoy de refuerzo. Espero no tener que actuar; últimamente estoy para que me refuercen a mí. Tras vaciar de todo tipo de papeles imaginables mi desbordante casillero, emprendo raudo el ascenso a mi consulta; a ver si me da tiempo a hacer las máximas recetas de crónicos que se amontonan día a día.
De momento, por suerte, no me ha asaltado ningún usuario en el trayecto, de esos que incomprensiblemente se creen merecedores de un trato especial, y que con ellos no va eso de las citas y los horarios. No obstante, a pesar de que aun faltan más de quince minutos para ver al primero, ya hay seis en la sala de espera. Son tres parejas, porque mis pacientes, fieles a lo de "...en lo bueno y en lo malo, en la salud y la enfermedad...", suelen enfermar solidariamente en matrimonio.
Al contrario de mostrar mi desgrado les gasto las manidas bromas de siempre: que si habeis venido detras del que va poniendo las calles, que si os habeis quedado encerrados esta noche en el centro, que quien tenía hoy las llaves para abrir...
Ya en el interior oprimo el botón de encendido del ordenador, sin el que ya somos unos inutiles, y elevo una plegaria a San SERMAS para que al menos no falle el arranque. Mientras se inicia tediosamente el lentisimo equipo, a juego con el cachazudo paquete informático al que nos han condenado por nuestras malas acciones, abro el maletín y voy disponiendo estrategicamente sobre la mesa de despacho, el sello ¡bendito sello!, el tampón, bolígrafo, recetas de "pistacho" y de "fresa", folios, hojas de IT, taco de P-10, post-its... ¡Ah! y el fonendo; lo mismo hoy hasta lo uso y todo.
Ya está la pantalla de inicio... Usuario y contraseña. Espere, por favor... Más espera... Un poquito más de por, favor... ¡Ya! Otra vez usuario y otra contraseña distinta. Espere, por favor.... ¡Ay que se atasca!... ¡Ay que no se inicia!... ¡Uf! ¡Menos mal!
La lista de pendientes no llega a treinta y, sin embargo, casi esta llena la agenda (soy de los diez minutos incluso antes de que se creara La Plataforma) además alguno más caerá a lo largo de la mañana, pero no es un mal día.
Quedan diez minutos para empezar. Voy a hacer unas cuantas recetas de crónicos porque tengo un buen montón, y ya el primer paciente impaciente se levanta y se acerca a la puerta que a proposito he dejado entreabierta.
— Espere un momentito a que termine de arrancar este cacharro —miento.
— ¡Ah! Vale. Espero.
La impresora, una HP; iniciáles tras las que se oculta lo que realmente pienso sobre ella, me dedica como cada mañana; pillandome aun así de sorpresa, su particular buenos dias. Con un espantoso ruido electromecánico, que hace retemblar toda la mesa, engulle la primera receta reteniendola a continuación en sus abrasadoras profundidades. Asi que tengo que abrir la tapa, extraigo el carro del toner y la unidad fotoconductora, y comienzo a tirar del papel perfectamente bien atrapado; que por suerte esta vez consigo extraer sin que se fragmente, tras haberme teñido, eso si, las puntas de los dedos de negro. Después funcionará más o menos bien aunque lentiiiisima y, de forma azarosa, me regalará con otra de las gracias de su repertorio como volver a atascarse y una que es genial: hacer un bucle y llenar la cola de impresión de infinitas veces la misma receta con la pretensión de irlas imprimiendo todas (os ahorraré los pasos que hay que dar para solucionar este desaguisado. si alguien tiene interés que me lo pida y le envio un tutorial).
Consigo hacer solo unas pocas recetas; gracias a todos los impedimentos del demoníaco programa informático gestor de consulta que mente humana perversa haya podido jamás pergeñar, antes de llamar al primer paciente (la mayoría de días será el único al que atienda a la hora que está citado).
—Pase usted Juan...
Y da comienzo el rosario de usuarios, tan iguales todos, tan exclusivo cada uno... Conozco sus nombres completos, pero voy llamandoles familiarmente por el de pila: Fulgencios y baldomeros, sebastianas y cristetas exiben su rareza onomástica con wilson-bernardos y gladys-alicias; bindanges y ebutos; gnadieskas y stanislawes; fu yines y li shanes, mohamedes y aishas...
La mayor parte del tiempo lo dedico a desfacer entuertos burocráticos, todos aquellos de los que el resto de los profesionales; más avispados que nosotros, hace tiempo que se desentendieron y que día a día casi están consiguiendo hacerme olvidar mi condición de médico.
Recetas para tres meses "que me voy al pueblo", las recetas que no quiso hacer o hizo mal el epecialista, las que no le hicieron en la urgencia del hospital, las que tampoco le hicieron en el SUMMA 112, las de "le pido un favor" de la sociedad privada, las de la automedicación, las de "consulte a su farmaceutico", las de "me han dicho en la farmacia que esto lo han retirado", las de "se ha equivocado, yo no soy pensionista" o "yo si soy pensionista", las de "se me ha pasado la fecha", las de "las he perdido" o "me las han perdido", las del visado de inspección, las de estupefacientes, las de MUFACE, las de ISFAS... Y esto en lo que respecta solo a las prescripciones; yo prefiero llamarlas "cupones reintegro", que también está el resto del papeleo: las bajas que debería de controlar el especialista, informes y justificantes para las cuestiones más peregrinas que pueda uno imaginar, partes interconsulta que genera el especialista y no le da la gana de hacer...
El que genero yo mismo he de admitirlo como inevitable, pero el que, con el paso del tiempo, va minando mi moral y ensombreciendome el caracter es el otro, el que nos han endilgado de los otros estamentos por pusilánimes y mediocres que somos.
El que genero yo mismo he de admitirlo como inevitable, pero el que, con el paso del tiempo, va minando mi moral y ensombreciendome el caracter es el otro, el que nos han endilgado de los otros estamentos por pusilánimes y mediocres que somos.
Pero, ya basta de listados de penalidades; ya me he extendido bastante en lo que todo el mundo conoce sobradamente. Tampoco quiero hablar de esos pacientes que han confundido el día de la cita o los acompañantes que "de clavo" te hacen una consulta, ni de los que te piden recetas para un familiar que no se ha citado, ni de las "llamaditas" de la Inspección Medica en plena consulta, ni de...
Para ser sincero, hoy ha sido un día más y, como tal, ni haciedo el mayor esfuerzo conseguiría recordar si he experimentado algún hecho a destacar.
Sí, ha habido algo que ha tenido cierta gracia: Un paciente, victima de la curiosidad, me ha dicho no entender porque el clopidogrel necesitaba ser visado. No he podido evitar una sonora carcajada.
Sí, ha habido algo que ha tenido cierta gracia: Un paciente, victima de la curiosidad, me ha dicho no entender porque el clopidogrel necesitaba ser visado. No he podido evitar una sonora carcajada.
—Amigo mio. Primero quiero agradecerle la pregunta, porque con ella me ha alegrado usted el día. — y continuo explicando— Éste es solo un ejemplo más de tantos y tantos despropositos de La Administración. Si no recuerdo mal todo comenzó con un medicamento; todavía vivia Franco, que se llamaba Tiklid®. Ni siquiera se si aun sigue vigente. Por entonces tal vez tenía algun sentido el visado por los riesgos potenciales y por su precio más elevado que la media de los que se prescribían. Después siguieron apareciendo medicamentos más modernos de la misma linea, más seguros y proporcionalmente más baratos, y, sin embargo, siguen sujetos a la necesidad del visado.
— Dice usted —seguí explicando— no saber porque se tiene que visar el clopidogrel. Pues yo estoy igual. Pero además le puedo asegurar que si hicieramos la misma pregunta al inspector médico, al consejero, a la ministra y a La Santisima Trinidad comprobaría que tampoco tienen ni idea o nos darian alguna explicación nada convincente.
— Dice usted —seguí explicando— no saber porque se tiene que visar el clopidogrel. Pues yo estoy igual. Pero además le puedo asegurar que si hicieramos la misma pregunta al inspector médico, al consejero, a la ministra y a La Santisima Trinidad comprobaría que tampoco tienen ni idea o nos darian alguna explicación nada convincente.
—¡Ah!, ya se —dijo el hombre, y añadió con extraña clarividencia— de esas cosas que alguien puso en su momento y que ahora por inercia nadie las quita...
Y no sigo porque este me parece un bonito tema para desarrollar en otro apartado.
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