09 agosto, 2017

15º de 365. El tuteo

   Nunca le he dado demasiada importancia al lenguaje formal. Petenezco a una generación en la que de niño quedaban solo algunos retazos de la utilización del usted como muestra de especial respeto incluso dentro de la familia.
   Resultaba algo chocante cuando te desplazabas a un medio rural escuchar, por ejemplo, "digame usted, padre" o "¡Mire quien ha venido, madre!"
   Mis primos, catalanes, también hacían uso de algún termino atávico al respecto. Tuteaban con naturalidad a sus padres pero, cuando eran reclamados por su nombre, se consideraba una falta de respeto contestar con un simple ¡Qué! La formula correcta era responder con un solicito ¡Que mana!; [¡Que manda (usted)! en castellano]
   Antaño el usted no era una mera señal de respeto formal, también se instrumentalizaba, para marcar las distancias por jerarquias o posición social y otros fines más complejos. A nadie se le ocurría entonces tutear a un maestro, a un abogado, al médico, al cura o a un agente del orden.
   En muchos colegios tambén se dirigían de usted los profesores a los alumnos, supongo que para enfatizar que lo que allí se trataba era de la máxima importancia y seriedad.
   Mi madre recuerda, aun con cierta angustia, que el peor castigo que recibia de mi abuela cuando la enfadaba, era que, de una forma totalmente antinatural comenzaba a dirigirse a ella de usted.
   Yo recuerdo, casi con la misma angustia, aquella vez que se me acercaron dos jovencitas muy peripuestas, a las que de un vistazo juzgué como potencialmente ligables, y cuando esperaba un ¿me puedes decir donde está la discoteca Pachá?, me chafaron con un ¿me puede decir que hora es? Pero vayamos al grano; de lo que quería hablar es, por supuesto, del tuteo en el ámbito médico.
   Llegué a la universidad recién comenzada la década de los setenta. Por entonces los estudiantes nos dirigíamos de usted prácticamente a todo el personal de la facultad, incluidos ugieres, secretarios y ayudantes. Tan solo hacíamos alguna excepción con cierta administrativa, tan joven como nosotros, de la secretaría de la facultad y los empleados de la cantina de la misma.
   Ya de MIR la cosa cambió. El Dictador llevaba muerto tres años y nos encontrábamos en pleno periodo de Transición, Cambio, Apertura, Democracia... Los residentes tratabamos de tu a algunos adjuntos, sobre todo los que daban pie a ello, probablemente con ánimo rejuvenecedor. Tuteabamos a las enfermeras; a las más jovenes y, sin embargo, podíamos dirigirnos de usted a un celador de cierta edad. Dichas distinciones creo que estaban dictadas más bien por el hábito que por ninguna intención clasista. También había aun alguna monja en plantilla a las que nos dirigíamos con "hermana" o "sor lo que sea".
   Estaba también ese otro curioso tuteo, más propio del medio hospitalario pero que trascendió al poco también a la atención primaria, que suele usar el personal de enfermeria y auxiliar con ese paciente de perfil: mayor, crónico, pluripatológico, asiduo.., aunque puede hacerse extensivo a cualquier otro paciente, y que no es sino otro rasgo más del cariño en el trato que suelen recibir los mimos de este sector del personal. "Anda, Juan, déjame el brazo que te tengo que sacar sangre para un análisis" "Antonia, ¿quieres que te de algún calmante?"
   Tras haber trabajado en diversas suplencias e interinidades en el Servicio Especial de Urgencias, en medicina general, de médico de pueblo, de ayudante de traumatología, de pediatra y algunas otras vicisitudes acabé consiguiendo plaza fija de médico de familia.
   Desde muy al principio me convertí a la Liga de Los Sin Bata. Soy de la convicción de que el respeto y la consideración profesional se deben de ganar a diario con tus actos y no con los aspectos formales; me sobra todo tipo de uniforme. Por el mismo motivo no me importaba que algunos pacientes me tutearan. Solía ser gente que te ven joven y ese tuteo no malintecionado es porque te sienten cercano. O el de la señora de determinada edad que te identifica con su hijo sin por ello perder ni un apice del respeto que como profesional de la salud mereces. El que nunca he llevado nada bien es es otro tuteo que articulan algunos pacientes con clara intención descalificadora. Contra ese siempre me he revelado enfáticamente.
   Me refiero al del individuo que se presenta ante ti con un tuteo desgradable en la expresión y en la actitud, que suele acompañar a una serie de exigencias injustificadas. Individuo que no deja de cuestionar todas tus decisiones, cuya idea directriz debe de ser algo parecido a "tu eres un empleado del gobierno y estás ahí para servirme y atender todas mis exigencias te guste o no porque para eso te pago" Francamente encantador. Por entonces, en ocasiones, me enzarzaba en enconadas discusiones por este hecho que casi nunca conducian a nada bueno.
   Todo eso, por suerte ha ido cambiando con el tiempo. O soy yo el que he cambiado. Tal vez sea que mi presencia; las canas, la experiencia, mi actitud, el lenguaje no verbal... se haya tornado en merecedora de mayor respeto ya de entrada. También puede ser que la gente en general haya templado sus formas tras esos años caóticos que siguieron inmediatamente al fin de cuarenta años de dictadura, durante los que la consigna era "¡Todo vale!". O ambas cosas y alguna otra circunstancia que se me escapa.
   Llevo ya más de diez años en la misma consulta. algunos pacientes están conmigo desde el principio. Les he visto crecer de niños a adultos, casarse y tener hijos. He visto romperse parejas y, curiosamente, seguir siendo pacientes mios cada uno por su lado. A otros los he visto envejecer, mientras yo tambien envejecía, y cargarse de achaques. Otros, desgraciadamente, han enfermado gravemente y de algunos he tenido que certificar su defunción. He sido testigo, y no precisamente mudo o ajeno, de muchos de sus avatares y me he esforzado en mantener un trato distendido, optimista, comunicativo, familiar...
   Tal vez por eso, con los años, casi todos me llaman Alfredo sin más, ni doctor ni don; Alfredo a secas: Tengo cita con Alfredo. Gracias por todo, Alfredo. Buenos días, Alfredo, vengo porque me dijiste...
   Tengo asociada a cada persona con su nombre de pila y se que les da confianza que les llame solo por el mismo en la sala de espera. Por supuesto que tambíen tuteo a todos con escasas excepciones; ese tuteo del que hablaba; respetuoso pero entrañable.
   Ese trato de confianza no interfiere en mi labor profesional; por el contrario, salvo excepciones, la facilita. Es un tuteo ganado a pulso.
   Si usted no lo usa, ¡tu te lo pierdes!
  

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