12 octubre, 2012

El "burnout" y la sangre de horchata

   Encuentro lo siguiente en wikipedia:
   El síndrome burnout suele deberse a múltiples causas, y se origina principalmente en las profesiones de alto contacto con personas, con horarios de trabajo excesivos. Se ha encontrado en múltiples investigaciones que el síndrome ataca especialmente cuando el trabajo supera las ocho horas diarias, cuando no se ha cambiado de ambiente laboral en largos periodos de tiempo y cuando la remuneración económica es inadecuada. El desgaste ocupacional también sucede por las inconformidades con los compañeros y superiores cuando lo tratan de manera incorrecta, esto depende de tener un pésimo clima laboral donde se encuentran áreas de trabajo en donde las condiciones de trabajo son inhumanas.
   A ver quien tiene c...s ahora de decir que no padece burnout.

   Nunca he creido en semejante chorrada de sindrome. El que lo inventara y definiera debe de ser de la misma escuela que al que se le ocurrió otra monumental parida: "El trabajo es salud".

   Aqui lo único que hay es personas que reaccionan aunque sea quejandose, enrabiandose, sufriendo por la impotencia de enfrentarse a diario a un entorno en el que abunda el egoismo, la agresividad, la competencia desleal, la molicie y, lo peor de todo, la estulticia, y un gobierno plenamente coherente con esas "virtudes".

   Quizá esas personas  a las que etiquetábamos hace unos años de burnouts; y que ahora se confunden con el resto, no eran más que gente con una especial sensibilidad premonitoria, que no necesitaban llegar a como estamos para saber que asi no podía ser. ¿Donde están ahora esas gentes? ¿Ya no hay burnout? ¿Padecemos todos de burnout? Pero, ¿hubo alguna vez un burnout?

 

   A mi me sigue preocupando mucho más que el burnout la "incombustibilidad", la "sangre de horchata".  Y, si no sabéis de que hablo, aqui dejo la carta que un compañero muy cercano a mí escribió hace más de ocho años y que, a mi juicio y desgraciadamente, sigue muy de actualidad y suscribo plenamente.

De Humanis Corpori Combustio

Desde la antigüedad se conoce la existencia de cierto tipo de materiales, llamados combustibles, que, ante una fuente de energía lo suficientemente intensa y duradera, ayudados por otras sustancias, conocidas como comburentes (siendo el oxigeno el más común en nuestro mundo), pasan al estado de ignición con relativa facilidad.
Con seguridad el primer combustible conocido fue la leña, cuya sustancia base es la celulosa. Probablemente, al principio en la tierra, la madera ardía en incendios espontáneos aquí y allá, bajo la energía que se desprendía de las erupciones volcánicas o, en determinadas circunstancias, del propio Sol. Después El Hombre descubrió la forma de hacer fuego y, por tanto, su capacidad para quemar cosas, animales y personas a voluntad. A propósito de esto, ya entonces se percatarían de que el cuerpo humano no solo no es un buen combustible, sino que resulta muy difícil incinerarlo. Por la simple acción del fuego no se consigue más que soasar, tostar, carbonizar; como debieron comprobar desde Nerón a la Santa Inquisición, pasando por los vikingos, los indios americanos, los hindúes y los bonzos; igual que termina comprobándolo, con desesperación, ni ayudándose de los materiales inflamables más diversos, cualquier asesino que haya intentado deshacerse de su victima por este método. Hoy sabemos, gracias a los hornos crematorios, que son necesarios de unos 760º C a 1100º C durante cuatro o más horas y, a pesar de todo, pueden quedar fragmentos de hueso, que hay que proceder a triturar, para darles a la familia unas cenizas homogéneas y presentables. Aun así, en los últimos tres siglos, se han reportado algunos casos, que un buen número de personas cree verídicos, sobre el controvertido tema de la combustión espontánea. Es sabido que la materia orgánica, bajo determinadas condiciones; como sucede a menudo en los vertederos, puede experimentar dicho fenómeno al igual que se sabe que no todos los incendios forestales son provocados. Pero de eso a creer que un señor sentado en su casa leyendo tranquilamente el periódico, puede sin más comenzar a arder y convertirse en unas horas en un cadáver calcinado...
El profesor Wilton Krogman, un renombrado forense experto en osteología, zanjó el asunto en 1966: “simplemente esto es imposible”.
Señores míos: Que no, que uno no se quema nada más que porque sí; que lo del burnout será muy valido en el mundo anglosajón;  tal vez ellos consideren que uno puede “auto quemarse” por el conflicto cuasiexistencial que sufre su mente, al verse sometido a una presión cada vez mayor, debido a la responsabilidad contractual adquirida con el paciente y, últimamente, con una Administración cada vez más entrometida, pero este fenómeno no puede extrapolarse sin más a nuestro entorno laboral.
No es correcto colgar la etiqueta de “quemado” al que se rebela, aunque solo sea con su actitud y su discurso, con temple de objetor de conciencia; conciencia de que nos debemos al asegurado y a una prestación de calidad, y de asalariado acosado (“mobbing”); acosado por una administración falaz, perversa, alienante, y una permanentemente acrecentada población cada vez más medicalizada, exigente, envejecida, resabiada y frustrada ante la mentira de lo que se le promete previo a las urnas; y se sigue prometiendo cuando conviene políticamente, y la dura realidad.
Seguir, con tenacidad fundamentalista, en el empeño de ofrecer el mejor servicio al asegurado, sin dejar de cumplir con las absurdas, contra-científicas y anti-deontológicas exigencias de La Administración, como si aquí no pasara nada, sí que puede conducir a un auténtico “desgaste” (dándose aquí la paradoja de una institución a la que aparentemente le importa mucho la salud de la población menos la de sus propios empleados) que a la larga no beneficia a nadie.
Tenemos que ser conscientes de que la prioridad fundamental en el momento actual es mejorar nuestra situación laboral; si nosotros estamos mal, tampoco podremos hacer mucho por nuestros pacientes. La solución no nos la va a regalar nadie: hay que pelearla. Debemos cumplir con nuestra estricta labor profesional en beneficio del paciente, que al fin y al cabo es para lo que se nos ha formado y lo que éste espera de nosotros. Todas las demás exigencias de La Administración, que solo tienen la finalidad de justificar su pletórica existencia, así como sesiones, estadísticas, etc., deberían obviarse y dedicar todo nuestro “tiempo libre” a asambleas para aportar ideas y planificar acciones, hasta comenzar a experimentar mejoras.
Como, estando solos, no se pude llevar a cabo nada, las acciones deberían canalizarse a través de instituciones como la Plataforma Diez Minutos o La Coordinadora de Equipos de Atención Primaria (que no parece que sean solo un grupo de “quemados” sin otras cosas que hacer), dado que de los sindicatos mayoritarios parece que no podemos esperar grandes cosas.
Los que penséis que no merece la pena hacer nada, que es mejor dejar las cosas como están, que seguramente se termina arreglando todo solo, que tampoco estamos tan mal... Creo que tenéis un problema peor que el del “quemado”: el del “incombustible”. Me pregunto ¿cuánto ataque a sus derechos fundamentales necesitan sufrir ciertas personas para que tomen conciencia de la necesidad de defenderse?

Compañero que eres sensible a la problemática de la sanidad, que te quema, contra la que te revelas o, para tu desgracia, ante la que sucumbes, no te dejes convencer de que estás quemado: lo que estás es vivo.

Conclusión: uno no se quema solo; hace falta que algo o alguien te queme.

Corolario: Si están quemándote, y no haces algo para evitarlo, o te quemas bien quemado (más tonto eres tu), o es que eres “incombustible” (o sea, una piedra)

Cleofás Frosadella, 6 de abril de 2004


P. D.:  Del “Síndrome del incombustible”, también conocido como el “Síndrome de la sangre de horchata”, hablaremos otro día.