31 julio, 2012

Embaracitis

   Hubo un tiempo en que magia y medicina eran la misma cosa. El brujo, el chamán, el druida; figuras en las que a menudo recaía todo el poder, eran ubicuos protagonistas de todas las actividades del grupo.

   Poco a poco esos poderes se fueron diferenciando; concretamente La Iglesia en Occidente ha protagonizado preferentemente durante siglos todos y cada uno de los aconteceres de las distintas etapas de la vida del individuo desde la cuna hasta el lecho mortal: una civilización devota.

  Más recientemente, con el progresivo descreimiento de la población, el médico fue cobrando mayor protagonismo en la vida de las gentes, sin que en ningún momento el mismo alcanzara tintes de autentico poder; salvo el de enriquecerse en no pocos casos, sobre todo en los dos primeros tercios del siglo pasado.

  Y llegamos así a la actualidad, con un colectivo médico convertido, consciente o no, en mero instrumento político más que en auténticos profesionales liberales, encargados de la salud de una sociedad cada vez más medicalizada. Tal vez en el manejo del embarazo sea en una de las actividades en que más se ha manifestado dicha transformación.

   Hace ya tiempo tuve la suerte de trabajar en un centro de salud en el que los médicos podíamos elegir hacer el seguimiento de los embarazos. Asumir dicha responsabilidad ha sido tal vez una de las mejores decisiones de mi vida profesional.

   Un simple estetoscopio, un monitor de tonos fetales, tus manos y mucho conocimiento y aun más sentido común; amén de acceso a ecografías y alguna que otra prueba de laboratorio más o menos sofisticada, me bastaban para conducir a buen término el embarazo, hasta casi el mismo momento del parto, sin haber tenido que recurrir a la atención especializada. Si a esto unimos la circunstancia de que la mujer podía contar conmigo para cualquier problema o enfermedad que surgiera, relacionada o no con el embarazo, se comprenderá que figure en mi recuerdo como la relación médico-paciente ideal.

   En mi experiencia, no hay mejor ejemplo de lo intensa que puede ser esa relación que la que se establece entre una embarazada y el médico que la atiende. Puede decirse que entre las dos criaturas protagonistas y el médico; la mayoría de las veces por suerte en su papel de mero observador y consejero, se establecen unos lazos casi cómplices que perdurarán mucho tiempo despues del parto.

   Considero que no es irrelevante cuando se da la circunstancia de que el facultativo es varón. Doy por sentado que en no pocas ocasiones el médico viene a compensar las deficiencias que la futura madre pueda apreciar por parte de sus parejas en cuanto a compartir los inconvenientes que conllevan los progresivos cambios de todo tipo que se producen durante la gestación. Yo mismo confieso que me he comportado mejor como médico y como hombre con mis pacientes embarazadas que con los embarazos de mis propios hijos. Espero que mi mujer  sepa perdonarme algún día.

   Por eso no es de extrañar que, a la primera ocasión, acuda la orgullosa madre a tu consulta a enseñarte al neonato, en justa recompensa como "coautor" del evento. Y tampoco debe sorprendernos que en adelante no solo acuda a nosotros de primera mano ante cualquier problema, sino a solicitar nuestra conformidad con cualquier decisión del pediatra o de otro especialista.
 
   Pero no es de añoranzas, sino del embarazo como "enfermedad" de lo que realmente quería hablar; porque toda esa relación idealizada que he expuesto, llevada con poca destreza, puede ser contraproducente y contribuir a generar ansiedad en la ya de por si insegura futura mamá.
   
   A partir de mediados del siglo pasado, los éxitos de la cada vez más intervencionista obstetricia no admiten prácticamente discusión. Con todo los que nos cueste reconocerlo a las especialidades básicamente médicas, la genuina “medicina basada en la evidencia” es la cirugía, y la actividad intervencionista en general, y en cuanto a la obstetricia la casuística es además muy extensa. 

    A las episiotomías sistemáticas solo cabría objetarles que no siempre la reconstrucción del periné es todo lo acertada que debiera con lo que, en cuanto al coito hay un antes y un después de la misma y no se descarta que sea la principal responsable de más de una incontinencia urinaria precoz. 

   El beneficio de la mayor prodigalidad de las cesáreas no admite discusión. Tampoco caben dudas respecto al de los controles ecográficos seriados o las indicaciones de la amniocentesis, asi como los avances en la monitorización perinatal y la incuestionable relación con la reducción de las tasas de morbimortalidad materno-infantil.

   Pero no todas las actividades preventivas son igual de oportunas; algunas de ellas se prestan a todo tipo de devaneos.

   Pongamos el caso de la toxoplasmosis; una enfermedad en general de curso tan benigno, que lo normal es que se padezca de forma inadvertida, pero comprensiblemente demonizada por las potenciales consecuencias para el feto si se contrae en determinado momento del embarazo.

   Tal como están establecidos los protocolos actualmente, y más en uno de los países con más baja incidencia como es el nuestro, básicamente solo sirven para generar ansiedad tanto en el médico como en la paciente y conseguir llevarse algún que otro susto.

   Tras un periodo de gatuna persecución entre cuyas medidas no se descartaba en determinadas circunstancias el sacrificio del minino (hoy se estima suficiente un oportuno lavado de manos y unas razonables normas higiénicas), le llega el turno a unas medidas gastronómicas especialmente estrictas que obliga a muchas embarazadas, por ejemplo, a dejar de consumir carne durante la gestación a riesgo de tener que comer "suelas de zapato" en lugar de filetes. Todo ello sin ningún estudio que haya evaluado la justificación de estas medidas.

   Por si esto no fuera suficiente, ahora le ha llegado el turno al jamón; una nota más de inseguridad y angustia para la embarazada. Sinceramente, cuando alguna me consulta sobre los riesgos del consumo de jamón curado, no se muy bien que decirle. La prudencia y la tendencia actual del colectivo al que pertenezco, me obliga a desaconsejarlo, pero no puedo evitar pensar en lo absurdo de la medida: desde hace generaciones hasta ayer mismo el jamón estaba bien y hoy es un tremendo peligro. Estoy esperando ese estudio que supongo que nos informará sobre lo muchísimo que ha disminuido en España la toxoplasmosis congenita desde que la embarazada no consume jamón.

   Luego están los suplementos. Al clásico e indiscutible acido fólico; como apunte anecdótico recuérdese que fue la causa de que se recomendara el consumo de cerveza a las embarazadas hasta bien entrada la mitad del siglo pasado; y aun no se había inventado la cerveza sin alcohol, le han ido sucediendo el yodo, el hierro, la vitamina B12 y, en fin, compuestos polivitamínicos y de oligoelementos cuya verdadera necesidad es discutida pero que, con tantas pastillas, no hacen sino incrementar la sensación de que el embarazo es una situación de especial riesgo para la salud.

   Si además hace acto de presencia algunas de las complicaciones más frecuentes del embarazo: diabetes gestacional, hipertensión arterial, infección urinaria, hieperémesis gravídica, varices... o alguna  desviación paramétrica ecográfica, por pequeña que sea, en el desarrollo fetal, las visitas de control se multiplican por diez y, entonces sí, dicho embarazo adquiere automáticamente la condición de enfermedad con la correspondiente IT (incapacidad transitoria), independientemente del puesto de trabajo. Y no olvidemos el aborto habitual, la infertilidad, la fecundación "in vitro"; a todo lo anterior se une la circunstancia de la hiperprotección en el seguimiento : "con lo que me ha costado conseguirlo..." ¡Baja que te crió!

   Toda esta medicalización del embarazo puede hacer que la mujer se sienta algo más fragil e insegura ante lo que debería ser un hecho natural. Pero la raiz del problema hay que buscarla en la masiva incorporación de la mujer al mundo laboral.

   No hace falta trasladarse al tiempo en que nuestras abuelas parían; si se me permite la expresión, con las botas puestas, para comprobar que algo ha cambiado en la actitud de la embarazada ante su propia situación. En los nueve años en que llevé embarazos, lo habitual es que, salvo en trabajos especialmente fatigosos o de riesgo, la mujer mantuviera la actividad laboral hasta una o dos semanas antes del parto y en ocasiones hasta el mismo momento de éste.
   
   En los últimos quince años de forma progresiva se ha llegado a una situación en que casi lo raro es que alguna embarazada mantenga la actividad laboral después de las veinte semanas. De hecho hay empresas que, de acuerdo con las mutuas, en base a presuntos riesgos para el embarazo, proceden a la interrupción de la actividad laboral a partir de la 24ª semana de una forma estandarizada.
   
   En el centro de salud en que actualmente trabajo los médicos de atención primaria no hacemos el seguimiento del embarazo, pero si que me veo en ocasiones forzado a dar de baja a alguna gestante en estadios muy precoces por causas tan peregrinas como lumbago, cansancio, edemas, varices… aunque lo que realmente debería de consignarse es mala tolerancia al embarazo o incompatibilidad irreconciliable del embarazo con su puesto de trabajo.

   Existe la tentación de concluir que las mujeres de antes eran más duras y las de ahora unas blandengues, pero la cosa no es tan sencilla. Es más, la mujer actual se encuentra integrada, equiparándose al hombre, en puestos de trabajo que antaño le eran vetados por considerarlos inapropiados para su sexo e incompatibles con la situación de embarazo. Por ese mismo motivo, antes del establecimiento de la Constitución de 1978, no era infrecuente que a la mujer casada se la rechazara en muchas empresas para evitarse lios en caso de embarazo.

   La crisis del capitalismo con su progresiva deshumanización y aumento del nivel de exigencia de la empresa para con el empleado, ha provocado en éste una mayor desmotivación para contribuir al éxito de la misma; y eso unido a un incremento en el nivel de conocimientos, ha convertido al transigente empleado de antes en el actual, en ocasiones hiperexigente, reivindicativo de unas condiciones "dignas" de vida y laborales.

   Otro factor que influye, no menos que los enumerados hasta ahora, en que la embarazada adolezca tan precozmente de esa incapacidad para seguir en su puesto de trabajo, es la edad media de la primigesta; que se ha visto incrementada, desde el último tercio del siglo pasado, en algo más de diez años.

   Por todo lo expuesto, en lugar de consignar un diagnóstico más o menos inventado en el parte de la IT, ante la embarazada que acude a la consulta escasamente por encima de las veinte semanas de gestación quejándose de "no puedo más", viéndonos obligados a darla de baja, con perplejidad, sin que seamos capaces de encontrar una causa concreta, yo propongo el de EMBARACITIS.

No hay comentarios: