17 mayo, 2012

Hoy en la consulta... I. Un día cualquiera

  Inicio esta sección cuya finalidad no pretendo que sea otra que compartir todo aquello de mi quehacer profesional diario que pueda ser considerado relevante. Por ese motivo va a ser dificil que haya material para cubrir todos y cada uno de los días.

  Quiza debería haberme reservado para un dia más propicio a un atractivo estreno. Ese día excepcional en que te enfrentas al gran reto diagnóstico tras una historia clínica especialmente barroca, o aquel que te provee de material para divertir con una simpática anecdota. Ese en que te ves implicado en el lado más emotivamente humano de una historia, o esotro en que te enzarzas en cualquier enfrentamiento, catecolaminas en alto. Pero hoy no, hoy es uno de esos días en que habiendo sucedido de todo no ha acontecido nada.

  Y, sin embargo, me parece de lo más oportuno relatar este día tipo, con toda su carga de tremebunda rutina consumista salpimentada de toda suerte de inútiles y arbitrarias fórmulas burocráticas, porque no se me ocurre mejor forma de ilustrar nuestra alienante labor cotidiana.

  Como cada mañana, hoy he aparcado puntualmente en una calle cercana al centro, en el lado en el que menos sol le dará a lo largo de la mañana, más que nada para no tener que conducir a la vuelta dentro de un microondas. Y es que, por muy temprano que llegue al centro, las plazas de sombra del parkin ya están cogidas; yo creo que algunos compañeros pasan la noche alli dentro del coche.

  A continuación la letanía del intercambio de fútiles deseos de buenos días mientras me dirigo a la unidad administrativa y penetro en ella. Como nunca recuerdo si estoy de algún servicio, me acerco a mirar la planilla para asegurarme; hoy estoy de refuerzo. Espero no tener que actuar; últimamente estoy para que me refuercen a mí. Tras vaciar de todo tipo de papeles imaginables mi desbordante casillero, emprendo raudo el ascenso a mi consulta; a ver si me da tiempo a hacer las máximas recetas de crónicos que se amontonan día a día.

  De momento, por suerte, no me ha asaltado ningún usuario en el trayecto, de esos que incomprensiblemente se creen merecedores de un trato especial, y que con ellos no va eso de las citas y los horarios. No obstante, a pesar de que aun faltan más de quince minutos para ver al primero, ya hay seis en la sala de espera. Son tres parejas, porque mis pacientes, fieles a lo de "...en lo bueno y en lo malo, en la salud y la enfermedad...", suelen enfermar solidariamente en matrimonio.

  Al contrario de mostrar mi desagrado les gasto las manidas bromas de siempre: que si habéis venido detrás del que va poniendo las calles, que si os habéis quedado encerrados esta noche en el centro, que quien tenía hoy las llaves para abrir el mismo...

  Ya en el interior oprimo el botón de encendido del ordenador, sin el que ya somos unos inútiles, y elevo una plegaria a San SERMAS para que al menos no falle el arranque. Mientras se inicia tediosamente el lentísimo equipo, a juego con el cachazudo paquete informático al que nos han condenado por nuestras malas acciones, abro el maletín y voy disponiendo estrategicamente sobre la mesa de despacho, el sello ¡bendito sello!, el tampón, bolígrafo, recetas de "pistacho" y de "fresa", folios, hojas de IT, taco de P-10, post-its... ¡Ah! y el fonendo; lo mismo hoy hasta lo uso y todo.

  Ya está la pantalla de inicio... Usuario y contraseña. Espere, por favor... Más espera... Un poquito más de por, favor... ¡Ya! Otra vez usuario y otra contraseña distinta. Espere, por favor.... ¡Ay que se atasca!... ¡Ay que no se inicia!... ¡Uf! ¡Menos mal!

  La lista de pendientes no llega a treinta y, sin embargo, casi esta llena la agenda (soy de los diez minutos incluso antes de que se creara La Plataforma) además alguno más caerá a lo largo de la mañana, pero no es un mal día.

  Quedan diez minutos para empezar. Voy a hacer unas cuantas recetas de crónicos porque tengo un buen montón, y ya el primer paciente impaciente se levanta y se acerca a la puerta que a propósito he dejado entreabierta.

  —­­­­­­­­­­­­ Espere un momentito a que termine de arrancar este cacharro —miento.
­­­­­­  — ¡Ah! Vale. Espero.

  La impresora, una HP; iniciales tras las que se oculta lo que realmente pienso sobre ella, me dedica como cada mañana; pillándome aun así de sorpresa, su particular buenos días. Con un espantoso ruido electromecánico, que hace retemblar toda la mesa, engulle la primera receta reteniendola a continuación en sus abrasadoras profundidades. Así que tengo que abrir la tapa, extraigo el carro del toner y la unidad fotoconductora, y comienzo a tirar del papel perfectamente bien atrapado que, por suerte, esta vez consigo extraer sin que se fragmente; tras haberme teñido, eso si, las puntas de los dedos de negro. Después funcionará más o menos bien aunque lentiiiisima y, de forma azarosa, me regalará con otra de las gracias de su repertorio como volver a atascarse y una que es genial: hacer un bucle y llenar la cola de impresión de infinitas veces la misma receta con la pretensión de irlas imprimiendo todas (os ahorraré los pasos que hay que dar para solucionar este desaguisado. si alguien tiene interés que me lo pida y le envío un tutorial).

  Consigo hacer solo unas pocas recetas; gracias a todos los impedimentos del demoníaco programa informático gestor de consulta que mente humana perversa haya podido jamás pergeñar, antes de llamar al primer paciente (la mayoría de días será el único al que atienda a la hora que está citado).

  —Pase usted Juan...

  Y da comienzo el rosario de usuarios, tan iguales todos, tan exclusivo cada uno... Conozco sus nombres completos, pero voy llamandoles familiarmente por el de pila:  Fulgencios y baldomeros, sebastianas y cristetas exiben su rareza onomástica con wilson-bernardos y gladys-alicias; bindanges y ebutos; gnadieskas y stanislawes; fu yines y li-chanes...

  La mayor parte del tiempo lo dedico a desfacer entuertos burocráticos, todos aquellos de los que el resto de los profesionales; más avispados que nosotros, hace tiempo que se desentendieron y que día a día casi están consiguiendo hacerme olvidar mi condición de médico.

  Recetas para tres meses "que me voy al pueblo", las recetas que no quiso hacer o hizo mal el especialista, las que no le hicieron en la urgencia del hospital, las que tampoco le hicieron en el SUMMA 112, las de "le pido un  favor" de la sociedad privada, las de la automedicación, las de "consulte a su farmacéutico", las de "me han dicho en la farmacia que esto lo han retirado", las de "se ha equivocado, yo no soy pensionista" o "yo si soy pensionista", las de "se me ha pasado la fecha", las de  "las he perdido" o "me las han perdido", las del visado de inspección, las de estupefacientes, las de MUFACE, las de ISFAS...  Y esto en lo que respecta solo a las prescripciones; yo prefiero llamarlas "cupones reintegro", que también está el resto del papeleo: las bajas que debería de controlar el especialista y, informes y justificantes para las cuestiones más peregrinas que pueda uno imaginar, partes interconsulta que genera el especialista y no le da la gana de hacer...

  El papeleo que genero yo mismo he de admitirlo como inevitable, pero el que, con el paso del tiempo, va minando mi moral y ensombreciéndome el carácter es el otro, el que nos han endilgado de los otros estamentos por pusilánimes y mediocres que somos.

  Pero, ya basta de listados de penalidades; ya me he extendido bastante en lo que todo el mundo conoce sobradamente. Tampoco quiero hablar de esos pacientes que han confundido el día de la cita o los acompañantes que "de clavo" te hacen una consulta, ni de los que te piden recetas para un familiar que no se ha citado, ni de las "llamaditas" de la Inspección Medica en plena consulta, ni de...

  Para ser sincero, hoy ha sido un día más y, como tal, ni haciendo el mayor esfuerzo conseguiría recordar si he experimentado algún hecho a destacar.

  Sí, ha habido algo que ha tenido cierta gracia:  Un paciente, victima de la curiosidad, me ha dicho no entender porque el clopidogrel necesitaba ser visado. No he podido evitar una sonora carcajada.

  —Amigo mio. Primero quiero agradecerle la pregunta, porque con ella me ha alegrado usted el día. — y continuo explicando— Éste es solo un ejemplo más de tantos y tantos despropósitos de La Administración. Si no recuerdo mal todo comenzó con un medicamento; todavía vivía Franco, que se llamaba Tiklid®. Ni siquiera sé si aun sigue vigente. Por entonces tal vez tenía algún sentido el visado por los riesgos potenciales y por su precio más elevado que la media de los que se prescribían. Después siguieron apareciendo medicamentos más modernos de la misma línea, más seguros y proporcionalmente más baratos, y, sin embargo, siguen sujetos a la necesidad del visado.

  — Dice usted —seguí explicando— no saber porque se tiene que visar el clopidogrel. Pues yo estoy igual. Pero además le puedo asegurar que si hiciéramos la misma pregunta al inspector médico, al Consejero, a la Ministra y a La Santísima Trinidad comprobaría que tampoco tienen ni idea o nos darían alguna explicación nada convincente.

  —¡Ah!, ya sé —dijo el hombre, y añadió con extraña clarividencia— de esas cosas que alguien puso en su momento y que ahora por inercia nadie las quita...

  Y no sigo porque este me parece un bonito tema para desarrollar en otro apartado.


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